sábado, 4 de julio de 2026

Canal Curiosidades : El abandono de los asentamientos vikingos en Groenlandia podría tener una explicación muy distinta de la aceptada

 CanalCuriosidades

Inviable sin agua - El trabajo publicado en Science Advances planteó una explicación distinta al frío extremo y llevó a revisar la causa que durante décadas parecía la más aceptada

Años de trabajo acumulado terminan a veces en una decisión abrupta que obliga a dejar atrás lo que se ha construido y buscar otro lugar donde seguir adelante. Los vikingos dedicaron muchos esfuerzos en ir a Groenlandia para luego abandonarla tras llevar durante generaciones una vida que exigía adaptación a un entorno duro.

Aquella presencia no fue improvisada ni breve, sino el resultado de instalar granjas, criar animales y organizar una comunidad que funcionó durante siglos. El abandono llegó cuando ese equilibrio dejó de ser perfect y la continuidad se volvió inviable en el día a día.

Un estudio situó la escasez de agua como el principal problema

Un estudio publicado en la revista Science Advances apunta a una causa distinta de la que se daba por válida durante décadas. La investigación, en la que participa el profesor de geociencias Raymond Bradley, sostiene que el problema principal no fue el frío extremo, sino la falta progresiva de agua en la zona donde vivían los colonos nórdicos.

Durante años se pensó que la Pequeña Edad de Hielo había expulsado a los vikingos de Groenlandia. Ese periodo, que se extendió entre 1300 y 1850, redujo la temperatura en amplias zonas del Atlántico Norte. Según Ariel Hessayon y Dan Taylor en The Conversation, ese enfriamiento llegó a congelar ríos y mares costeros, interrumpió rutas comerciales y arruinó cosechas, lo que generó escasez de alimentos en distintos lugares. Parecía lógico que una región ya de por sí exigente quedara fuera de cualquier posibilidad agrícola.

El problema es que esa explicación se apoyaba en datos recogidos lejos de donde vivían los vikingos. Bradley lo señaló al explicar el punto de partida de la investigación: “Antes de este estudio, no había datos del lugar exacto donde estaban los asentamientos vikingos”. Esa ausencia dejaba en el aire la relación entre el descenso de temperaturas y el abandono real de las granjas.

Los análisis mostraron que el terreno fue perdiendo humedad

Para resolver esa duda, el equipo se centró en un punto muy concreto del sur de Groenlandia, cerca del antiguo asentamiento de Brattahlíð. Allí, a pocos kilómetros, el lago 578 ofrecía un registro natural de lo ocurrido durante siglos. Boyang Zhao, investigador principal del trabajo, explicó que ese lugar no se había estudiado antes y permitía reconstruir las condiciones ambientales con mayor precisión.

Durante tres años, los investigadores recogieron sedimentos del lago y analizaron dos tipos de indicadores. Por un lado, compuestos orgánicos producidos por bacterias que permiten estimar la temperatura. Por otro, restos de plantas cuya composición refleja la cantidad de agua disponible en el momento en que crecieron. Isla Castañeda, profesora de geociencias, explicó que esos compuestos permiten seguir los cambios de temperatura con bastante fiabilidad cuando el registro es completo.

Zhao resumió el hallazgo principal al señalar que “la temperatura apenas cambió durante el asentamiento vikingo en el sur de Groenlandia”. Lo que sí se transformó de forma constante fue la disponibilidad de agua, que fue disminuyendo con el paso del tiempo hasta generar condiciones cada vez más secas.

Las granjas fueron quedándose sin alimento para el ganado

Ese cambio afectó directamente a la base de la vida en las granjas. La alimentación del ganado dependía de la hierba almacenada durante el verano para sobrevivir al invierno. Incluso en condiciones normales, los animales llegaban a la primavera en un estado muy débil y los agricultores tenían que sacarlos a los pastos casi a pulso. Cuando las lluvias empezaron a fallar, la producción de forraje cayó y prácticamente no había nada que hacer.

Ante la falta de alimento, algunos colonos recurrieron al mar para compensar la escasez cazando focas y otros animales marinos. Esa opción implicaba más riesgo y no garantizaba resultados. A la vez, el aumento del hielo marino dificultaba los desplazamientos y el contacto con Europa, lo que complicaba el comercio del que dependían para obtener madera y otros recursos.

El asentamiento vikingo en Groenlandia había empezado en el año 985 y llegó a reunir a más de 2.000 personas, según datos recogidos por CNN. Durante más de 450 años, esas comunidades mantuvieron un modo de vida basado en la ganadería y el intercambio con otros territorios. A comienzos del siglo XV, ese sistema dejó de mantenerse y las granjas quedaron vacías.

El final no responde a una sola causa cerrada. La sequía redujo la capacidad de producir alimento, el aislamiento dificultó la llegada de suministros y el valor de productos como el marfil de morsa cayó en los mercados europeos. A eso se suman factores externos. Kevin Smith, investigador en Brown University, recuerda que una epidemia en Islandia entre 1402 y 1404 pudo influir en el traslado de población hacia un territorio con mejores condiciones agrícolas.

Expertos pidieron cautela y mantuvieron el debate abierto

Algunos especialistas piden prudencia antes de cerrar el debate. Orri Vésteinsson, profesor de arqueología en la Universidad de Islandia, advierte en Live Science que el estudio no demuestra con claridad que la sequía redujera de forma suficiente los recursos disponibles para explicar por sí sola el abandono. Aun así, el trabajo cambia el punto de partida y desplaza la atención hacia un problema que hasta ahora había pasado a un segundo plano.

Sea o no cierto, el abandono de Groenlandia no se entiende como una retirada repentina, sino como una salida empujada por cambios que fueron estrechando las opciones año tras año. Cuando el alimento escasea y las rutas se cierran, quedarse deja de ser una elección posible.

Canal Gastronomia : Restaurante Fandango Formentera: olas de color turquesa, paella de gambas y cigalas a la brasa

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El cocinero Luis Arrufat, con un arroz de sepia y gambas en Fandango Formentera.

El día es ventoso en Es Pujols, Formentera, lo que altera el ánimo del mar turquesa pero no el color, límpido y atrayente. Luis Arrufat, director gastro del grupo Fandango, con establecimientos en Logroño y la Vall d'Aran, señala el azul y dice: «Estas vistas y esta cocina».

Esta cocina son las cigalas de 200 gramos, las gambas, el 'cap-roig'. Las mejores vistas son los ingredientes superlativos. Vale, el azul turquesa también cuenta.

Fandango Formentera

Miramar, 1, Es Pujols, Formentera

Tf: 682.144.128

Precio medio (sin vino): 80 €

Luis piensa Fandango Formentera como un «chiringuito de alta cocina» y en esa categoría superior están, entre otros, Es Còdol Foradat, a siete kilómetros, en Migjorn; Toc al Mar, en Begur, o Jondal, en Eivissa, y los precios sin complejos.

La cesta con la oferta de pescados de Fandango Formentera.

El súper chiringuito que lidera Luis se asienta en los bajos de un edificio frente a la playa, con parte de la terraza en la arena, así que quien quiera puede comer con los pies descalzos y la cabeza cubierta.

La bienvenida al cliente toma la forma de una ofrenda, con los pescados del día en una cesta de mimbre, capturas del norte y de la isla, que son las que me interesan: la cigala, el pargo, el pulpo, el dentón, el cabracho, la langosta, emblema de estas mesas de la opulencia.

Ana Tejedo y Vicente Monfort, responasbles de Fandango Formentera.

Vicente Monfort, jefe de cocina, explica las dificultades de la compra, con gran competencia y los 'llaüts' condicionados por estos días de viento y olas nerviosas.

Al preguntar por los puntos fuertes, responde como Luis, del que fue alumno en un máster del Basque Culinary Center y, antes, experimentado cocinero de casas como Aponiente: «El sitio idílico y el producto. La gente viene a disfrutar, de vacaciones». Aquí siempre son vacaciones, excepto para los que curran.

Las cigalas a la brasa de Fandango Formentera.

Vicente es de Borriana, así como Ana Tejedo, pareja y jefa de sala, encargada de atender a 120 personas este mediodía. Luis es de Castelló, aunque su madre y su abuela son de Borriana. Castelló Power en una ínsula ocupada por los italianos, y sus gritos.

Fandango pertenece a Richi Arambarri, dueño de la compañía de vinos VintaeIsabel García, Francisco Larrey y Nacho Díaz, amigos que veraneaban en Formentera y quisieron echar el ancla.

El cabracho rebozado de Fandango Formentera.

Regresemos a la palabra chiringuito, que deriva de chiringo, voz de origen americano, según la RAE.

En Canarias, chiringo significa chorrito y, en Sevilla, vaso de aguardiente. Establecer conexiones entre chorritos y comedores playeros es tarea de ilusionistas.

El arroz de gamba y sepia de Fandango Formentera.

A partir de ahí, el desconcierto: ¿el primero fue El Chiringuito de Sitges, fundado en 1913 aunque con otro bautismo, o un establecimiento con el mismo nombre del puerto de Barcelona de finales del XIX? El Chiringuito de Sitges sigue abierto 113 años después. En cualquier caso, un término reciente.

En ese siglo y pico, la modalidad polariza y contrapone: de los sitios en los que la especialidad es el olor a fritanga a esta sofisticación que bebe del gran restaurante, con el intermedio de los que se abren a los arenales con una cocina elemental y honesta.

Uno de los comedores de Fandango Formentera.

Un número elevado de mesas se deja aturdir por la sangría de espumoso, pero en mi rincón, tres vinos majos: la viura de Pandemonium, la complejidad polivarietal de El Pacto de Cárdenas y la frescura de la viognier de Astarté, de Terramoll, imprescindible bodega de la isla.

La enorme cigala, abierta y con un aliño ligero de aceite y vinagre de manzana, es de las mejores que he comido, pasada por una brasa al estilo de Getaria.

El cabracho es un deleite para pringarse los dedos: primero el lomo a dados y rebozado y con una mayonesa con azafrán y, después, el chupeteo de aletas y cabeza hasta la limpieza exhaustiva.

Las huevas de Sant Pere a la parrilla con ajos y aceite de sobrasada, un pase no apto para remilgados.

La ostra con caviar y tartar de atún. El ceviche de gambitas con leche de coco.

La ventresca de atún con mayonesa de soja y 'colatura'.

El cremoso de mango con helado de coco y sirope de maracuyá, y viva el verano.

El restaurante Fandango, en Formentera.

Para Luis, los puntos fuertes son esa parrilla a la vasca y los arroces secos: «La morralla que nos trae el pescadero es espectacular, y ese es el secreto del caldo».

Sepia, sofrito, 'salmorreta', el caldo, azafrán, arroz variedad albufera de Sivaris y unas gambas que no son adorno sino sustancia para concluir. Luis sabe de la gramínea: ha escrito el libro especializado 'Arroz, técnica y esencia'.

En el repertorio arrocero, los súper ventas son el rojo con carabineros y el de chuleta y pimientos del piquillo, vistosos e instagrameables, de lo que el chef es consciente y que responde a la demanda y a una ostentación cautiva de las redes sociales.

El espectáculo está en el mar y en las mesas, en la esplendente desnudez de la cigala y las nacaradas y crujientes carnes del 'cap-roig', 'rotja', 'rascassa', escórpora, escorpena, cabracho, gallineta. No lo sé en italiano pero sí en latín: 'Scorpaena scrofa'.


Canal Curiosidades : El aviso de una civilización perdida hace 10.000 años sobre el mayor peligro de la inteligencia artificial

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Göbekli Tepe tiene aproximadamente doce mil años. Es uno de los templos conocidos más antiguos del mundo, seis mil años anterior a Stonehenge y más de seis mil quinientos anterior a las pirámides de Giza. Fue descubierto en los años sesenta por arqueólogos de las universidades de Estambul y Chicago, pero su importancia pasó inadvertida. No fue hasta 1994 cuando el arqueólogo alemán Klaus Schmidt comprendió lo que tenía delante y comenzó excavaciones sistemáticas que cambiarían para siempre nuestra comprensión de la prehistoria. Hoy, después de treinta años de trabajo, solo se ha excavado una pequeña parte del yacimiento.

Lo que ha aparecido desafía cualquier explicación. Sus constructores eran, según la teoría oficial, cazadores-recolectores que no conocían la escritura ni la metalurgia. Y, sin embargo, levantaron pilares de piedra caliza de hasta cinco metros y medio de altura y cincuenta toneladas de peso, decorados con relieves de animales salvajes –leones, buitres, serpientes, escorpiones– de una precisión y una belleza extraordinarias. 

Parece que comunidades en un radio de cientos de kilómetros se desplazaban periódicamente para participar en rituales en torno a estas estructuras. Pero lo más perturbador no es lo que construyeron, sino cuándo: las estructuras más antiguas, las más profundas, son también las más grandes y las más sofisticadas. A medida que avanza el tiempo, las construcciones se vuelven más pequeñas, más simples. Algo se perdió. Alguien dejó de saber.

Ese patrón –conocimiento que aparece, florece y desaparece sin dejar instrucciones– no es una anomalía exclusiva de Göbekli Tepe. Es, si prestamos atención, una constante incómoda de la historia humana. Y hoy, en plena euforia por la inteligencia artificial, corremos el riesgo de que este patrón de desaparición se repita a una escala sin precedentes.

El conocimiento que no dejó manual

En el desierto de Perú, la cultura nazca trazó entre aproximadamente el 100 a. C. y el 800 d. C. cientos de geoglifos gigantescos sobre la tierra árida: un colibrí de noventa metros, una araña de cuarenta y seis, líneas perfectamente rectas que se extienden kilómetros sin desviarse un centímetro. 

Son visibles sobre todo desde el aire o terrenos elevados. Nadie sabe con certeza la finalidad por la que se trazaron, aunque los investigadores han demostrado que podían haberse ejecutado con cuerdas y estacas usando geometría avanzada desde el suelo. 

Hay una hipótesis más fascinante: en 1975, dos investigadores demostraron que era técnicamente posible construir un globo aerostático con materiales disponibles para los Nazca como telas y cuerdas vegetales. La mayoría de los científicos descarta esta teoría por falta de evidencias concluyentes. Pero en esa incertidumbre reside precisamente el problema: no sabemos cómo se diseñaron y construyeron y no conocemos tampoco para qué, porque los nazca desaparecieron y no pudieron transmitir este conocimiento.

Los seres humanos nos acostumbramos fácilmente a la tecnología, sin preocuparnos por entender cómo funciona

En Oriente Próximo, durante las excavaciones realizadas en la década de 1930 cerca de Bagdad, aparecieron unas pequeñas vasijas de barro de unos quince centímetros con un cilindro de cobre y una varilla de hierro en su interior. En 1938, el investigador Wilhelm König planteó una hipótesis sorprendente: podían haber funcionado como una primitiva celda galvánica o pila con cerca de dos mil años de antigüedad. Experimentos posteriores demostraron que réplicas de estos objetos podían generar una pequeña corriente eléctrica al llenarlas con un líquido ácido como vinagre o zumo de uva. Sin embargo, la mayoría de los arqueólogos considera que no existe evidencia suficiente para afirmar que realmente fueran baterías, y su función sigue siendo objeto de debate. Si alguna vez tuvieron un uso relacionado con la electricidad, ese conocimiento no dejó un legado en la historia. Lo único que sabemos con certeza es que la primera pila eléctrica documentada fue la desarrollada por Alessandro Volta en 1800, dos milenios después.

El fuego griego aterrorizó flotas enteras durante siglos. Ardía sobre el agua. De hecho, no se podía apagar con agua. Los bizantinos conservaron la fórmula y la transferían con tanto secretismo que terminó por perderse. El exceso de protección mató al conocimiento que pretendía proteger.

Otro ejemplo es el Mecanismo de Anticitera, rescatado en 1901 del fondo del mar Egeo por unos pescadores de esponjas. Fabricado con complejos engranajes de bronce hace más de dos mil años, era capaz de predecir eclipses, seguir los ciclos astronómicos y calcular posiciones planetarias. Una computadora analógica construida en el siglo II antes de Cristo. No volverían a construirse mecanismos astronómicos de una complejidad comparable hasta más de un milenio después.

Cuando la tecnología parece magia

El escritor y futurista británico Arthur C. Clarke formuló en 1973 la siguiente máxima: “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. La frase suele citarse mirando hacia el futuro, como advertencia de que lo que hoy nos parece imposible mañana será cotidiano. Pero tiene una lectura igualmente válida hacia el pasado: para quienes vivieron después de la caída de Roma, los acueductos que seguían funcionando eran magia. Para los arqueólogos del siglo XX, el Mecanismo de Anticitera era magia. Para cualquiera que mire hoy los pilares de Göbekli Tepe o los geoglifos de Nazca, siguen siendo magia.

Y aquí aparece el peligro que Clarke no formuló pero que emana de forma evidente de su premisa: los seres humanos nos acostumbramos fácilmente a la tecnología, sin preocuparnos por entender cómo funciona. Ese es exactamente el mecanismo por el que se pierde el conocimiento. No por catástrofe. No por guerra. Por delegación tranquila y progresiva en alguien –o algo– que lo hace mejor que nosotros.

La oveja y el ovillo

Pensemos en algo tan concreto como la lana. Hoy hay millones de personas que saben tejer. Y apenas un puñado que conocen el proceso completo: esquilar una oveja, limpiar la fibra, cardarla, hilarla, teñirla con tintes naturales y convertirla en ovillo. El eslabón inicial de la cadena se ha roto casi sin que nadie lo notara, porque siempre había alguien más –una máquina, una fábrica, un proveedor– que se encargaba de esa parte. El tejido sobrevivió. El saber el proceso de dónde viene el tejido, no.

Ahora extrapolemos este caso…al mundo que crearemos con la inteligencia artificial.

La inteligencia artificial ya traduce más rápido que la mayoría de traductores humanos. Diagnostica ciertos tipos de cáncer con mayor precisión que radiólogos experimentados. Escribe código funcional en segundos. Redacta contratos, analiza datos financieros, compone música, diseña estructuras arquitectónicas. Y cada vez que lo hace bien –muy bien, sorprendentemente bien–, una generación decide que aprender a hacerlo ya no es necesario.

Cada vez que la inteligencia artificial hace algo bien, una generación entera decide que aprender a hacerlo ya no es necesario

No es una metáfora. Es una política de Estado. Entre 2021 y 2025, el Gobierno chino eliminó o suspendió 12.200 programas universitarios —más del 30% de toda su oferta académica— especialmente relacionadas con humanidades, lenguas extranjeras y administración, disciplinas que las autoridades clasificaron como saturadas o desconectadas del mercado laboral. En la prestigiosa Universidad de Comunicación de China, carreras como Traducción, Fotografía o Diseño Visual quedaron suprimidas o radicalmente transformadas. En su lugar, el país apuesta por inteligencia artificial, robótica o semiconductores. No hay precedente reciente de una intervención educativa de esta magnitud en ningún país del mundo. 

Pero claro, para qué estudiar idiomas si tenemos dispositivos que traducen en tiempo real, clonando incluso la voz del interlocutor. Para qué aprender a programar si el modelo genera el código. Para qué estudiar filosofía, si puedo solicitar a una IA que compare las obras de Platón con las de Aristóteles.

La pregunta que nadie parece haberse hecho es la misma que debería hacerse cualquier civilización antes de borrar un conocimiento de su mapa educativo: ¿y si la máquina un día no está?

La respuesta lleva doce mil años esperándonos en Göbekli Tepe.

Cuando la magia desaparece

Los constructores de Göbekli Tepe no planearon desaparecer. Levantaron los pilares más grandes en sus primeras generaciones, y cada generación siguiente los hizo un poco más pequeños, un poco más simples, hasta que el complejo se enterró bajo toneladas de tierra y el conocimiento quedó sepultado con él durante miles de años. 

Los ingenieros romanos no decidieron que sus fórmulas murieran con ellos: el hormigón que fabricaban ha soportado miles de años, sus acueductos distribuían agua potable a un millón de personas en una sola ciudad, y su red de calzadas pavimentadas no tuvo equivalente en Europa hasta el siglo XIX. Cuando el Imperio se fragmentó, los maestros de obra dispersaron sus talleres y la cadena se rompió eslabón a eslabón, sin que nadie lo declarara ni lo decretara. 

Los herreros de Damasco no imaginaron que su arte sería irrecuperable: forjaron durante siglos espadas capaces de cortar un pañuelo de seda en el aire, con un acero de bandas visibles que la metalurgia moderna todavía no ha podido replicar con exactitud; cuando se agotaron los yacimientos específicos de hierro con los que trabajaban, el secreto murió con la materia prima. 

El inventor de la batería de Bagdad no dejó instrucciones: solo unas vasijas de barro con un cilindro de cobre y una varilla de hierro que, según algunas teorías, podría generar corriente eléctrica dos mil años antes de que Volta inventara oficialmente la pila.

En todos los casos, el conocimiento se fue diluyendo porque dejó de transmitirse, porque las condiciones que lo habían hecho necesario cambiaron, porque había algo más fácil disponible y nadie mantuvo viva la cadena.

Hoy esa cadena se llama comprensión. Y la estamos cortando con entusiasmo.

No se trata de rechazar la inteligencia artificial, todo lo contrario. El fuego no es malo porque quema; es extraordinario porque permitió cocinar, calentar y proteger. La IA es una de las herramientas más poderosas que la humanidad ha creado, precisamente porque amplifica la capacidad humana de forma exponencial. El problema no es usarla. El problema es usarla sin entenderla, delegarle el pensamiento sin conservar la capacidad de pensar, dejar que haga sin aprender por qué lo hace.

Porque las herramientas se rompen. Los servidores se apagan. Las empresas quiebran. Los modelos quedan obsoletos. Las guerras cortan infraestructuras. Y cuando eso ocurra –no si ocurrirá, sino cuando ocurra– la pregunta que nos haremos no será técnica. Será la misma que se hacen los arqueólogos delante de los pilares de Göbekli Tepe: ¿cómo lo hicieron? ¿por qué se perdió cómo se hacía?

La diferencia es que nosotros todavía estamos a tiempo de conservar este conocimiento ¿o…tal vez no?




Canal Curiosidades : Un túnel medieval hallado en un cementerio de 6.000 años estremece a todos

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Un asombroso cruce de eras bajo la tierra alemana

Bajo una colina del centro de Alemania, cerca del pequeño pueblo de Reinstedt, arqueólogos han descubierto algo tan inesperado como fascinante: unos túneles medievales excavados directamente en un antiguo sitio funerario prehistórico. No solemos pensarlo, pero mucho de lo que hoy consideramos ciudades modernas descansa sobre vestigios casi invisibles de asentamientos medievales, a su vez levantados sobre aldeas neolíticas aún más antiguas. ¡Todo un verdadero sándwich de historia!

Según los últimos hallazgos, algunas construcciones de la Prehistoria han sido reutilizadas en diferentes épocas. Esta última excavación, realizada en el contexto de unos estudios de arqueología preventiva antes de instalar un parque eólico, ha sacado a la luz una estructura medieval conocida como Erdstall.

¿Qué es un Erdstall? Intrigas bajo tierra

El Erdstall es un sistema de túneles subterráneos excavados a poca profundidad. Este tipo de galerías se encuentra tanto en Alemania como en Francia y, según los arqueólogos, podrían haber servido como refugios para campesinos durante épocas turbulentas, aunque tampoco se descarta un uso ritual o simbólico, porque ya sabemos que nuestros antepasados eran muy versátiles: lo mismo te defendían de una invasión que celebraban un ritual con la misma pala.

El enigma del Erdstall de Reinstedt

Pero el Erdstall hallado en Reinstedt presenta una particularidad jamás vista: fue excavado directamente en un antiguo recinto funerario de la Prehistoria. La colina objeto del estudio es famosa por conservar estructuras de unos 6.000 años de antigüedad: fosos del Neolítico, tumbas y un túmulo funerario de la Edad de Bronce. Sabemos así que este lugar ha vivido múltiples usos rituales y funerarios, generación tras generación.

Durante las excavaciones, en un primer momento, los arqueólogos pensaron que habían encontrado una tumba neolítica inédita. Pero la sorpresa fue mayúscula al averiguar que se trataba en realidad de túneles medievales. Estas galerías, excavadas a mano y con una altura de poco más de un metro y entre 50 y 70 centímetros de ancho, contenían restos de cerámica medieval… ¡y hasta una herradura! Pequeños detalles con mucha historia.

¿Por qué excavar túneles medievales en un cementerio prehistórico?

La pregunta surge sola: ¿qué motivó a las comunidades medievales a excavar túneles justamente en plena necrópolis prehistórica? Dado que los fosos y el túmulo son claramente visibles en el paisaje, la historia de este sitio debía ser perfectamente conocida para los habitantes de la Edad Media. Los especialistas proponen dos explicaciones:

  • La primera, de carácter práctico: al ver los fosos, se identificaba el lugar como un sitio de defensa y protección desde hace milenios, por lo que habría sido elegido de forma natural para resguardar a la población medieval.
  • La segunda es un poco más mística: como el sitio albergaba sepulturas “paganas”, era evitado por el común de la gente, lo que lo convertía a su vez en una guarida perfecta para esconderse.

Esta asombrosa excavación revela hasta qué punto sociedades de diferentes épocas han podido interactuar con un mismo lugar, reutilizando o reinterpretando monumentos prehistóricos ya existentes.

Así, los vestigios bajo el suelo alemán, lejos de ser simples restos sin vida, nos cuentan una historia de adaptación, de relecturas y de memoria compartida. ¡Quién iba a pensar que un simple túnel podía unir tantos siglos en un solo lugar!




Canal Mujer : De la playa al chiringuito: 5 vestidos cómodos y versátiles para disfrutar de los días de verano

 CanalMujer20M

Vestidos cómodos y versátiles para disfrutar de los días de verano.

A estas alturas del año, ya estamos soñando con las vacaciones y con inaugurar la temporada de chiringuitos. Porque sí, ese momento en el que después de pasar la mañana en la playa te cambias y decides comer frente al mar no tiene precio.

Aquí las prendas versátiles son tus mejores aliadas. Esos vestidos que lo mismo te solucionan un día de playa que una comida o una cena junto al mar son los más buscados del verano. Frescos, cómodos y fáciles de combinar, se llevan con sandalias planas, capazos, alpargatas o incluso con unas joyas sencillas si el plan se alarga hasta la noche.

Nos hemos dado una vuelta por las tiendas y estos son los cinco diseños que hemos seleccionado, los que mejor encajan con ese estilo relajado y elegante que tanto apetece en los días de verano.

De tirante fino

Vestido de tirante fino.

Este vestido corto de Lefties reúne todo lo que buscamos en una prenda de verano. Confeccionado en una mezcla de viscosa y lino, destaca por su caída ligera, los tirantes finos regulables y el escote en pico, que aportan un aire delicado y favorecedor. El volante en el bajo añade movimiento al diseño, mientras que su corte relajado lo convierte en una opción perfecta tanto para la playa como para una comida informal o un paseo al atardecer. (REF. 1940307250. Precio: 15,99 euros).

Efecto crochet

Vestido efecto crochet con flecos.

Este vestido largo de Zara apuesta por una estética bohemia y muy veraniega gracias a su tejido de punto calado multicolor con efecto crochetEl diseño se ajusta suavemente al cuerpo y destaca por su combinación de tonos cálidos, mientras que los flecos del bajo aportan movimiento y refuerzan su estilo artesanal. (REF. 3500007330. Precio: 29,95 euros).

Largo de tirantes

Vestido largo de gasa.

Este vestido en color rosa chicle es perfecto para pasar de la arena al chiringuito sin necesidad de cambiarse. Su silueta amplia con escote fruncido y tirantes finos ajustables crea un efecto relajado y favorecedor, mientras que el tono suave refuerza su aire romántico. (REF. 7521304636. Precio: 35,95 euros).

Tipo túnica

Vestido tipo túnica.

La firma de slow fashion Par y Escala tiene la prenda perfecta si no quieres complicarte demasiado. Confeccionado en tejido 100% algodón, tiene un diseño amplio con manga corta y cordón ajustable en cuello y bolsillos que resulta muy favorecedor. Su estampado block print de rayas y flores rosas es perfecto para los días de verano. (REF. Sabela. Precio: 125 euros).

Con detalle de rombo

Vestido con detalle de rombo.

Confeccionado en algodón 100%, destaca por su favorecedor escote en pico delantero y trasero, los pliegues que aportan movimiento y su vibrante tono naranja coral, perfecto para potenciar el bronceado. Las tiras laterales ajustables con cuentas y borlas refuerzan su aire bohemio y relajado. Es ideal para llevar de la playa al chiringuito con unas sandalias planas y un capazo. (REF. 249848. Precio: 29,99 euros).


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