En los años 50, las autoridades prohibieron la Tomatina por no tener fundamento religioso oficial. La fiesta desapareció del programa, aunque no de las calles, donde los jóvenes intentaban mantenerla viva cada agosto mientras la policía la disolvía.
Un año, un alto cargo visitó Buñol con su uniforme de gala justo el día en que los jóvenes se habían reunido en la plaza. Los tomates no distinguían de cargos. El alcalde tuvo que dejarle ropa para que se cambiara. La respuesta de las autoridades fue endurecer la prohibición. Con penas de cárcel esta vez.
En 1957 Buñol respondió a su manera. Los vecinos organizaron El Entierro del Tomate: un ataúd con un tomate gigante recorrió las calles del pueblo seguido por una banda que tocaba marchas fúnebres y un cortejo vestido de luto. Las mujeres llevaban velos negros. Era una protesta silenciosa. Y fue tan multitudinaria que las autoridades cedieron.
En 1959 la fiesta volvió a autorizarse. Con normas: petardos de aviso para marcar el inicio y el fin de la batalla, que en Buñol llaman carcasas. En 1975 los Clavarios de San Luis Bertrán, cofradía del patrón del pueblo, asumieron la organización y el suministro de tomates. En 1980 el Ayuntamiento tomó el relevo. En 1983 un reportaje en Informe Semanal de TVE la catapultó al resto de España. En 2002 fue declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional. El Ayuntamiento registró entonces el nombre como marca propia: ningún otro municipio del mundo puede celebrar "La Tomatina". Lo que empezó como un accidente en una plaza es hoy propiedad intelectual de Buñol.
Buñol no es el único pueblo español que convierte una lluvia de proyectiles en fiesta. En Tarazona, cada 27 de agosto, un solo hombre cruza la plaza bajo un bombardeo de tomates en el Cipotegato. Aquí se lanzan entre todos; allí, todos contra uno.
Y en Baza, la misma semana, otra multitud tiñe a un hombre de arriba abajo, pero de negro y con pintura, en el Cascamorras. El rojo del tomate, el negro de la pintura: España tiene más de una forma de embadurnar a su prójimo en agosto.
En Buñol casi no hay camas, así que la mayoría duerme en Valencia y sube en tren el día de la batalla; si es tu plan, conviene reservar pronto. Buscar alojamiento en Valencia.