
La temperatura media de la superficie del mar para junio fue de 20,72 °C, el tercer valor más alto registrado para el mes, según datos del Servicio de Cambio Climático Copernicus. En el Mediterráneo occidental se vivió una ola de calor marina excepcional, con la temperatura media en la superficie del mar diaria más alta jamás registrada para esta región en el mes de junio (27,0 °C) y un récord (30,5 °C) en la boya de Dragonera el día 30, casi siete grados por encima de lo normal. Estos insólitos registros están tropicalizando el Mediterráneo, que recibe especies propias de aguas más cálidas del sur e impacta en los ecosistemas marinos autóctonos.
Según un reciente estudio realizado por el Instituto Español de Oceanografía (IEO-CSIC), un equipo científico del Centro Oceanográfico de Málaga ha documentado 25 nuevos registros de peces en el Mediterráneo español, de los cuales 23 corresponden a especies no documentadas previamente. Estos cambios en la composición del ecosistema evidencian que el Mediterráneo, especialmente la demarcación del Estrecho de Gibraltar y el mar de Alborán, "está experimentando una transformación biológica significativa debido al calentamiento global".
Los investigadores detectaron un aumento de más de 6 °C en la temperatura preferida por las nuevas especies en la región del Estrecho y Alborán, lo que indica un proceso de "tropicalización" en curso. Uno de los autores de este estudio es el investigador del IEO-CSIC José Carlos Báez, que explica a 20minutos que especies de ámbitos más cálidos están empezando a subir al Mediterráneo, al que llegan a través del Estrecho de Gibraltar o el Canal de Suez, "se aclimatan y empiezan a competir con especies autóctonas". Como ejemplos cita la vieja canaria, un pez que ha empezado a "ser más típico y estar más presente en el sur de la Península Ibérica". El año pasado también se detectó el gusano de fuego, igualmente típico de Canarias, en la costa catalana. Báez menciona también el "dispar" caso del pez león, una especie originaria del océano Índico "territorial, venenosa, agresiva y voraz" que ha llegado a aguas de Almería para estresar y mermar a sus huéspedes habituales.

Además de migrar, el calentamiento del mar puede hacer desaparecer a otras especies. Es el caso de la posidonia oceánica en las zonas más al límite de su distribución, como el Mar de Alborán. "Estamos viendo cómo están desapareciendo grandes áreas que antiguamente eran praderas de posidonia y de fanerógamas", afirma Báez. La posidonia limpia el agua, la oxigena y fija el carbono, por tanto, favorece la biodiversidad, siendo refugio y criadero de especies.
El profesor de ecología marina de la Universidad de Alicante (UA) César Bordehore confirma que "algunas de las especies que no se pueden mover, que están pegadas al sustrato, los organismos bentónicos como esponjas, ascidias, algas, etcétera, mueren, incluido la posidonia, que rara vez pueden aguantar periodos de varios días de 30 grados o más".
Algunas de las especies que no se pueden mover mueren, incluido la posidonia"
El también coordinador del Laboratorio Marino de la UA en Dénia recuerda que "el incremento de un grado en la temperatura del mar equivale aproximadamente a la subida de cinco grados en el aire", por lo que los 30 grados que se han registrado en zonas costeras a finales de junio se asemejarían a unos 42-45 ºC en la tierra.
Justino Martínez, investigador del Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC) y de ICATMAR, asegura que "hace 25 años ya" que hay migraciones de especies por el calentamiento del Mediterráneo, "pero ahora empieza a ser mucho más evidente. Hay especies que antes eran típicas de las costas africanas y que ahora que la temperatura está subiendo se desplazan hacia el norte y por el Estrecho de Gibraltar hacia el Mediterráneo. Las que más sufren son las que no se pueden mover".

La iniciativa 'OdM Climate 2024', impulsada desde el ICM por la plataforma de ciencia ciudadana 'Observadores del Mar', monitorea el Mediterráneo para recabar información sobre indicadores del cambio climático relacionados con medusas, corales, peces y praderas de posidonia. Este año ha revelado un aumento de especies propias de aguas cálidas en la costa española. Según sus datos, el índice de tropicalización alcanza el 35% en zonas como la costa de Granada.
"Entre las especies más representativas de esta tendencia están el pez loro. Esta última, históricamente confinada a aguas del Mediterráneo oriental y del norte de África, ha sido avistada por primera vez en Baleares y Almería, lo que confirma su expansión hacia el oeste. Estos cambios reflejan el impacto directo del calentamiento del mar sobre la biodiversidad marina", recoge el organismo en una reciente nota de prensa. Cabe recordar que el Mediterráneo occidental fue la zona que mayores valores de temperatura registró durante la ola de calor marina de finales de junio.
Creación de reservas marinas
El calentamiento del mar disminuye la cantidad de oxígeno en el agua y esto "genera un debilitamiento de muchos organismos marinos que puede llegar a la muerte" y, si resisten, ralentizan su crecimiento sin poder alcanzar tallas máximas, que son las que más se reproducen, expone a este periódico Bordehore desde Bodø (Noruega), donde asiste a un congreso de biología marina en el que va a defender en una charla la necesidad de crear reservas marinas para poder compensar precisamente la reducción de las tasas de crecimiento de peces y crustáceos de interés comercial. En su opinión, la antigua campaña de 'Pezqueñines ¡No, gracias!' tendría que haber añadido "y de los grandes tenemos que dejar un 30% debajo del mar, sin cogerlo".

El experto explica el motivo: "El truco está en conseguir individuos muy grandes de todas las especies, que no se pesquen nunca, que se mueran de viejos, porque los peces y los crustáceos, cuanto más edad tienen y más grandes son, más huevos ponen en relación a su peso. A nivel pesquero, es muchísimo mejor tener una merluza de diez kilos, que diez merluzas de un kilo. Hay que cambiar el paradigma. Aunque a priori pueda parecer contraintuitivo decir que tendremos solo un 70% del mar para pescar, es al revés, tendremos un 30% de individuos muy grandes, con más capacidad de reproducción, con lo cual podremos pescar más fuera de esas zonas".
Consecuencias en los servicios
Los investigadores advierten de las consecuencias que estos cambios también tienen sobre los servicios que ofrecen los ecosistemas. "España es un país turístico que vive de lo que es el chiringuito, el 'pescaíto frito', el espeto de sardinas y la playa. Esos son los servicios que nosotros recibimos del mar, pero este cambio en la composición de especies y en el ecosistema nos va a perjudicar en esos servicios porque la calidad del agua y del baño disminuye", explica Báez
Báez añade que otra especie foránea como el alga asiática está invadiendo el sur de la Península de forma virulenta y colmatando no solo las orillas sino también las redes de pesca. "Cuando un turista se mete en el agua y las ve, le da repelús. Pero también perjudican a las redes porque las colmatan y evitan que pesquen y, cuando pescan, lo que se atrapa son otras especies como el cangrejo azul, la vieja canaria o el pez león, que tienen menor valor comercial", advierte. El alga asiática, agrega, ya se está inmiscuyendo en las costas atlánticas de las islas Azores y Madeira (Portugal), y avisa de que "sería un drama si llegara a Galicia".

El Mediterráneo es un foco cálido de los mares del planeta y un punto vulnerable frente al calentamiento global provocado por la actividad humana. Por su posición en el globo, recibe mucha radiación solar y además cuenta con poca interacción con otros mares -solo por el Estrecho de Gibraltar con el Atlántico-.
Además de los afectos sobre los ecosistemas marinos, el calentamiento del mar también influye en la meteorología, con más noches tropicales que no bajan de los 20 grados y tórridas, por encima de los 25 ºC, y suponiendo un posible desencadenante de tormentas más severas si se dan las condiciones atmosféricas para ello. Las olas de calor marinas afectan también a la salud humana, dificultando el descanso y siendo un factor de riesgo para agravar patologías, sobre todo entre las personas más vulnerables, como los pacientes crónicos, mayores y niños.
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