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Karen Paola DÃaz Talavera
Nació en el 849. Era el menor de los cinco hijos que tuvo el rey Ethewulfo y su esposa Osburga. Tres varones mayores que él tenÃan prioridad para acceder al trono, pero Alfredo serÃa el “elegido” por el destino para llevar a su pueblo a la gloria.
Desde muy joven, Alfredo recibió de su madre el gusto por el aprendizaje y la formación en teologÃa, poesÃa y demás disciplinas intelectuales. Nada auguraba éxitos militares para Alfredo cuando accedió al trono, pues la imagen que habÃa dejado durante su niñez fue la de un pequeño que solÃa estar enfermo y pegado a los libros. Las dudas se despejaron cuando demostró sus capacidades para la guerra batallando como comandante al servicio del rey, su hermano Etelredo, quien llegó al trono tras vivir la muerte de sus otros dos hermanos mayores.
CorrÃa el año 865 cuando el Gran Ejército Pagano de los vikingos Halfdan e Ivar “el Deshuesado” inició una serie de campañas invasoras por distintos territorios de Inglaterra. Fueron cosechando victorias y haciéndose con el control desde Anglia oriental hasta Mercia en el norte, y continuaron sus incursiones en Wessex, donde el rey Etelredo decidió plantarles cara. El primer enfrentamiento tuvo lugar en Reading y se saldó con victoria para los vikingos, pero parece que la derrota sirvió para espolear a los ingleses. Un elemento propio de estas historias también es empezar perdiendo y luego lograr una remontada épica. Según contó Asser:
“Los cristianos se despertaron por el dolor y la vergüenza, y cuatro dÃas después, con un estado de ánimo decidido, avanzaron sobre el ejército vikingo en un lugar llamado Ashdown”.
Alfredo, aquà llega tu momento
En la batalla de Ashdown, en el 871, el rey no fue capaz de imponer sus fuerzas contra los vikingos. Tuvo que llegar Alfredo y sus capacidades tácticas para ponerse al mando de todo el ejército y derrotar a los vikingos. Por supuesto, tenemos otras fuentes e investigadores que cuestionan este relato y adjudican la victoria al rey Etelredo. Ya hemos avisado del partidismo de las biografÃas de polÃticos.
En cualquier caso, los vikingos tuvieron que retirarse momentáneamente. Etelredo murió en abril de ese año en la batalla de Marton, en un nuevo enfrentamiento contra los vikingos. Alfredo se convirtió asà en el rey de Wessex. Con sus fuerzas mermadas y un reino del que ahora era responsable, Alfredo pagó a los vikingos para que abandonaran Wessex. Esta tregua fue aprovechada por el nuevo rey para rearmar y reestructurar su ejército. Mientras tanto, los vikingos continuaron asentando su control en el resto de los territorios británicos. La amenaza vikinga nunca se alejó de Wessex y, en el año 875, Guthrum era el caudillo nórdico al mando de lo que prácticamente era un reino vikingo en Inglaterra. Los años venideros no fueron gratos para Alfredo. Constantes ataques vikingos lo llevaron a él y a su pueblo a una situación desesperada. Según Asser:
“Al mismo tiempo, el rey Alfredo, con su pequeño grupo de nobles y también con ciertos soldados, llevaba una vida inquieta en gran angustia y en medio del paisaje de bosques y pantanos de Somerset. No tenÃa nada de qué vivir, excepto lo que podÃa conseguir mediante ataques frecuentes, secretos o no, a los vikingos y a los cristianos que se habÃan sometido a la autoridad de los vikingos”.
Del exilio a la gloria
Alfredo fue desgastando los recursos vikingos a la vez que reclutaba hombres para su causa mediante una guerra de guerrillas. Construyó una fortaleza en Athelney y desde allà se preparó para la gran ofensiva. En mayo de 878 se enfrentó a los vikingos en la batalla de Eddington. Venció en el campo de batalla y asedió durante dos semanas la fortaleza de Eddington, de la que tuvieron que salir rendidos los vikingos. Las condiciones impuestas por Alfredo fueron la conversión al cristianismo de Guthrum y su corte y, por supuesto, debÃan abandonar Wessex.
Por entonces, en Inglaterra pesaba mucho la idea de que las invasiones vikingas eran un castigo de Dios. Para arreglarlo, Alfredo emprendió, a partir del 880, reformas legales, militares y educativas, con especial atención a los saberes del clero y la teologÃa del pueblo. Implantó un sistema de fortificaciones (posiblemente inspirado en los reyes carolingios) con el que logró un éxito rotundo. Conquistó Londres y selló alianzas con otros señores hasta que a su muerte, en octubre de 899, Gran Bretaña estaba cercana a ser una nación unificada. Claro que todo esto está bien condimentado de idealismo.
“La [“Vida del rey Alfredo”] solo llamó la atención del público en el siglo XVII cuando Sir John Spelman lo publicó como una guÃa para el comportamiento real. En el siglo XVIII, Alfredo fue considerado como el epÃtome de un rey noble y para la época del perÃodo victoriano (1837- 1901), fue aceptado como el fundador del imperio británico, padre de la armada británica (aunque solo la reformó) y el rey más grande que jamás haya gobernado Inglaterra”.

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