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Después de un boom en los años 80, el turismo huyó de esta preciosa cala de pescadores donde las casas dan directamente al mar.

Coge la carretera Ma-19 saliendo de Palma en dirección a Santanyí. Desde que las ruedas pisan asfalto, tienes unos 45 minutos de trayecto para completar los 60 kilómetros que te separan de tu destino.
El rincón oculto al que nos dirigimos es Cala Figuera, en el extremo sureste de la isla de Mallorca. No hablamos de espacios turistificados como Magaluf, Cala Millor o el propio Palma. Aquí el turismo llegó, sí, pero después se marchó.

Así es Cala Figuera, refugio de pescadores y de viajeros alternativos
Agua, pescado y sol. Eso es lo que puedes esperar hoy de Cala Figuera, y lo que podías augurar de una visita al pueblo también hace 80 años. Apenas 800 habitantes se reparten en las casitas en color blanco y bronce que se recortan en el acantilado al borde del agua. Sus contraventanas verdes, al puro estilo mallorquín, acompañan los matices del turquesa del agua.
Las fachadas son absolutamente encantadoras: las paredes encaladas se acompañan de aquellas construidas a base de piedra tostada. Pero lo que dota de color y personalidad al pueblo son sus barcas, hechas de madera y cada una en un extremo del Pantone.

La herencia pesquera está tan arraigada que buena parte de las viviendas cuentan con una terraza junto al agua y un pequeño cobertizo donde alojar sus botes. Paseando entre las casitas se salpican palmeras, hibiscos, flor de almendro balear y montones de higueras, que dan nombre a la localidad.

La naturaleza en Cala Figuera
La llaman "el fiordo mallorquín", y la culpa es de su orografía. Cala Figuera se estructura como un bocado a la tierra dada por el agua turquesa del mediterráneo. Dicho mordisco tiene forma de Y griega, con dos entradas flanqueadas por acantilados: Caló d’En Boira y Caló d’En Busques.

Aunque las higueras y los pinos cumplen la función de llenar el pueblo de verde, los amantes de la flora y la fauna encontrarán la verdadera joya un poco al noreste de la bahía, ya que Cala Figuera sirve de puerta de entrada al Parque Natural de Mondragó, donde nos esperan 765 acres de especies raras.

Aunque en los años 70 y 80 Cala Figuera experimentó, igual que el resto del archipiélago, un fuerte boom turístico, el hecho de que es un pueblo de formación rocosa y no cuenta con playa de arena hizo que, ya en los 90, los veraneantes desaparecieran. Tanto mejor: hoy permanece como una joya oculta y sin masificar. Siguen viniendo veraneantes y la infraestructura se ha mantenido–de hecho, el turismo se ha convertido en la principal fuente de ingresos de la localidad, por encima de la pesca–, pero no en hordas, sino en pequeños grupos familiares.
Para los que no quieren prescindir de una playa de arena fina, en las inmediaciones se encuentran Cala Santanyí, con 70 metros de arenal disponibles; Cala Llombads, de 55 metros y agua cristalina; y la preciosa Cala Mondragó, famosa por el contraste entre su arena blanca y su agua turquesa.
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