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Dejó ver en sus obras los sentimientos que le provocaba el mar brasileño

Clarice Lispector nació en Ucrania, pero eso fue un accidente. Casi todo en la vida es un accidente. A los dos meses ya estaba cruzando el Atlántico rumbo a Brasil, en brazos de una madre enferma que buscaba clima para curarse y no lo encontró. Llegaron a Maceió, y más tarde se instalaron en Recife. Desde entonces, Clarice fue brasileña sin discusión, aunque siempre pareció escribir desde un lugar ajeno, como si viviera un exilio privado incluso dentro de su propia casa.
En Recife, la niña Clarice aprendió a mirar el mar. No hay muchas menciones directas al océano en su obra, pero su prosa está llena de lo que el mar representa: lo inabarcable, lo silencioso, lo que no se puede nombrar. En su cuento “Amor”, por ejemplo, la protagonista queda hipnotizada por un ciego que mastica chicle. Hay algo de marea en ese hipnotismo, un vaivén sin explicación racional, como si el mar estuviera presente en la respiración de la ciudad, aunque no se nombre.
Más tarde vivió en Río de Janeiro, donde el Atlántico está en todas partes. El apartamento en el Leme donde murió —en la Rua Gustavo Sampaio, 88— estaba a pocos metros de la playa. Pasó allí sus últimos años, enferma, escribiendo La hora de la estrella, su novela más brutal y compasiva. La escribió como si le faltara tiempo.

Clarice tenía una forma de mirar que no era descriptiva ni narrativa, sino metafísica. No contaba el mar: lo dejaba estar. En las entrevistas respondía con frases cortas, incómodas. Nunca quiso ser figura pública. Se sabía extranjera en todos los sentidos: de idioma, de género, de escritura. Y el mar brasileño, cálido y extenso, se lo recordaba cada vez que lo miraba.

El poeta Ferreira Gullar dijo que leer a Clarice era “como escuchar el murmullo del mar en una caracola: uno no entiende todo, pero sabe que hay algo enorme allí dentro”. No es una metáfora: es un método. Su literatura está llena de espacios vacíos, de pausas, de interrupciones, como la marea que se retira sin avisar. En Agua Viva, escribe: “Yo soy antes. Yo soy casi. Yo no soy”. Y uno piensa en la espuma que se disuelve antes de tocar la orilla.
Recife la homenajeó con una estatua frente al mar. Río le dio una calle con su nombre. Pero donde de verdad habita Clarice es en ese instante en que uno, mirando el horizonte, no sabe si siente paz o vértigo. Esa franja donde el lenguaje empieza a tambalear. Donde, como ella, uno solo puede quedarse en silencio.
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