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Con dos kilómetros y medio de perímetro, 88 torreones y nueve puertas, la muralla de Ávila sorprende por sus cifras, por su aspecto y su importancia histórica. De hecho, es la muralla medieval mejor conservada de Europa. Lleva protegiendo la ciudad desde el siglo XI y hoy es el gran icono de una ciudad que sigue presumiendo de su gran obra.
Así, la foto de la muralla es la primera que se hace al llegar a Ávila y subir a sus torres el plan más repetido. Y es que recorrer el perímetro de la ciudad desde las alturas es una idea que suena igual de atractiva a mayores y pequeños. Pero tras pasar sus puertas, toca adentrarse en núcleo de una ciudad que está repleto de pequeñas plazas, iglesias con interesantes historias y restaurantes en los que probar su gran gastronomía, un menú auténtico que va desde el primero hasta el postre.
La otra gran fortaleza

Si la muralla suele dejar sin palabras, la catedral de Ávila no se queda atrás. Y al igual que la muralla, este monumento también tiene un "título" del que presumir, ya que está considerada la primera catedral gótica de España. Su construcción se inició en el siglo XII, época en la que comenzó la transición del románico (estilo predominante de la época y del que hay numerosas muestras en toda Castilla) al gótico, mucho más alto, decorado y elegante.
Perderse en el centro

Una vez vista la catedral, lo mejor es dejarse llevar hacia el llamado Mercado Chico, la plaza del Ayuntamiento y, un poco más allá, la plaza de Santa Teresa (el antiguo Mercado Grande) que abre la ciudad hacia el exterior. No se puede hablar de Ávila sin mencionar a Santa Teresa. Más allá de la figura religiosa, su presencia se nota en calles, esculturas, placas y, sobre todo, en el convento que lleva su nombre, levantado sobre lo que se considera su casa natal.
La iglesia y el convento de Santa Teresa siguen siendo un remanso de paz. El interior no impacta por el tamaño, sino por el ambiente: sobrio, recogido, lleno de detalles que hablan de la vida de la santa y de la huella que dejó en la ciudad. Es una parada diferente, que da contexto a muchas de las referencias teresianas que se ven al pasear y que ayuda a entender por qué aquí su figura se siente tan cercana.
Una vista más

El mirador de los Cuatro Postes se lleva casi siempre el protagonismo y con razón: desde allí la muralla se ve completa, con sus torres y su trazado casi perfecto. Pero no es el único lugar desde el que contemplar Ávila. A medida que uno se aleja un poco por los caminos que rodean la ciudad, aparecen otros puntos de vista más tranquilos desde los que observar cómo se recorta la piedra sobre el paisaje. Un motivo más por el que merece la pena caminar un poco y perderse por los alrededores.
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