Los bares tradicionales de Madrid son nuestros últimos tranvías: algo que está en trance de desaparecer. Antes, en tierras de la capital vivían osos y en la Plaza Mayor se vendían barquillos, que es un dulce que recuerda a Goya y ese mundo de chulapos y majas. Pero ya no queda ninguno de los dos. Se ve que a los primeros los han extinguido los cazadores, la polución o lo que sea, y los otros no han podido sobreponerse a ese salazón contemporáneo que es el Whopper. Solo nos quedaba el bareto de toda la vida como manivela para impulsar nuestras raíces, para acortar la mañana con un café con leche y un pincho de tortilla, que es el verdadero desayuno intercontinental de los españoles, lo único en común que comparten los muchachos del Ibex y los jardineros del Retiro. El café y el pincho de tortilla son como la muerte, que nos iguala a casi todos en este país.
Ahora estamos en la asonada de edificar un madrileñismo más Madrid que la fuente de la Cibeles, un monumento que cada vez es más de Florentino que de los madrileños. En esta deriva ya no caben los zapateros, los ebanistas, los cerrajeros o los cuchilleros, que son economías del día a día, de reglas básicas, del dos por tres, ni el bar tradicional, que ya es una insurgencia local, como la aldea de Astérix.
Este nuevo casticismo Four Seasons, que discurre entre lo propagandístico, lo económico, lo ultra, lo moderno y lo progre/caro, avanza ajeno a los madriles más autóctonos y a los costumbrismos atávicos. Los baretos cierran, sí, y en su lugar encontramos ahora cadenas, franquicias, multinacionales, locales de contratos temporales. Eso o ahora nos encontramos que el bar de Paco lo lleva un tío de Taiwán. Dentro de poco, para tomar un café con leche y un pincho de tortilla vamos a tener que irnos al Palace.

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