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Pues ya estamos hasta el cuello de polen, desempolvando bañadores e intentando encajar el nórdico en el cajón de la cómoda. La primavera ha caído como un martillo de felicidad sobre nuestras coronillas. Ya se ven las primeras bermudas y chanclas, ha llegado esa época del año en que tener una terracita cuqui llena de vegetación descontrolada es tener un tesoro. Y en estos días de flores y violines, los jardines secretos están más al alza que el barril de petróleo. Barcelona es una jungla de cemento y 'panots', pero todavía tiene la capacidad de esconder islotes de verdor y mansedad en sus entrañas. En estos restaurantes podrás comer, tomar el sol y, lo más importante, respirar hondo. Que buena falta te hace.
1. La fuente de la vida
Macarrones y cañas
Cuando visité La Barcelonesa (paseo de Sant Joan, 77) pocos días después de su apertura todo fueron 'green flags' y buena vibra. No le faltaba (ni le falta) nada para triunfar. La propuesta gastronómica, la localización y el espacio juegan siempre a favor del cliente. En los fogones, Karel Schroder, el padre de Gyoza Bistró, insufla vida a una carta repleta de guiños a la cocina catalana y en la que conviven tapas de toda la vida, recetas tradicionales y platos con algún destello de autoría. En La Barcelonesa pintan unos macarrones del cardenal estratosféricos, unos canelones intachables. Hay que estar atento a la paella de los jueves al mediodía (por 14,90 €). Y hay más novedades: la tortilla catalana (con judías y butifarra del Perol) y el flamante apartado cocas con base de masa de gyoza frita: flipantes.
Y si la comida cumple con creces, también lo hace su codiciada y amplísima terraza interior, con plantas en el piso y enredaderas en las paredes, un islote soleado que aporta clorofila al asunto y tiene una de las vaciladas más divertidas de Barcelona: una fuente de cerveza. No es ninguna broma. Puedes ir a la fuente, servirte tú mismo la birra y, si es martes por la noche, seguir disfrutando de otra de sus oportunidades: pedazo entrecot con salsa Café de París y patatas fritas ilimitadas a 24,90 €. Boom.
2. Barcelona eterna
Gato al agua
Desde que Grup Confiteria se puso al mando, la Font del Gat (paseo Santa Madrona,28) ocupa de nuevo un lugar destacado en la iconografía sagrada de la ciudad. Vuelve a ser aquel merendero de la vieja Barcelona, un reducto selvático, dorado por el sol, envuelto por la frondosa vegetación de los jardines Laribal de Montjuic. Se está tan a gusto en su enorme terraza-jardín que cuesta abandonar las instalaciones.
Del restaurante, ubicado en una construcción de Puig i Cadafalch de principios del siglo XX, salen bandejas y platos de cocina catalana popular sin filtros. Carnes y sardinas a la brasa, embutidos, quesos, arroces, tapas, todo bien hecho, todo placentero y con precios razonables. Es como estar en una pícnic montañil sin perder de vista la gran ciudad, un valor que pocos espacios barceloneses pueden enarbolar. Encima, la Font tiene música en directo para amenizar las merendolas, lo que le confiere al invento un halo atemporal de agreste bohemia. Triunfo seguro.
3. 'Brunch' con Alicia
Jardín alucinante
Si lo descubres, es posible que se convierta en tu lugar de huida favorito. Desde fuera, Alice Secret Garden (Pau Claris, 90) parece un negocio más de 'brunch', pastelería o bocados para compartir, nada que no hayamos visto ya por el Eixample. Pero si sabes inglés, el nombre te debería hacer sospechar. Porque el gran activo de este espacio es un jardín interior secreto que parece sacado de un viaje lisérgico a medio camino entre Lewis Carroll, Timothy Leary y David el Gnomo.
Plantas por todas partes. Flores de colores. Árboles tochos. Setas gigantes. Objetos mágicos. Es como flotar en un mundo de verdor y lisergia en el que no te extrañaría encontrar un par de elfos bebiendo cañas o un grupo de hadas pidiendo 'pancakes'. Pastelería americana, tostadas de aguacate, hummus, ensaladas, sándwiches, patatas bravas, ensaladilla rusa, el pupurri gastronómico es tan o más caleidoscópico que su jardín, uno de mis rincones predilectos cuando me apetece respirar, aislarme de la marabunta y hablar de chorradas con el gato de Cheshire.
4. Vegetación purificadora
Burbuja en el Eixample
El hotel Alma tiene un pulmón interior que bombea felicidad sin pedir permiso. En cuanto accedes a su jardín-terraza interior te sobreviene una oleada de calma que elimina de un plumazo todas las trazas de ansiedad de tu organismo. Mobiliario de diseño, espacio respirable, pajaritos piando y una cura espiritual en verde, cortesía de sus incontables árboles y plantas. Así se las gasta el jardín del Alma (Mallorca, 269-271), una masa de clorofila punteada por farolillos mágicos, una trinchera bendecida con una magia muy difícil de encontrar en un territorio tan ajetreado como el Eixample.
El jardín tiene servicio de bar y coctelería, por si te apetece una copa informal bajo las estrellas o matar el gusanillo con unas croquetas o un sándwich furtivo. Si la cosa va más en serio, siempre puedes cenar sin prisas y apostar por su servicio de restaurante en terraza. Y para tanta naturaleza en flor, cocina fresca, mediterránea, con pescados a la brasa, arroces y tentaciones elaboradas con buen producto. Mediterráneamente.
5. Todo está en los libros
Vegetación o barbarie
Atención literatos, el Dios de las letras tiene para vosotros un rincón en el cielo, y no hace falta que la espichéis. Se llama Decameron (Elisabets, 6) y es una de las terrazas ajardinadas más bonitas de Barcelona, la mejor del Raval sin duda. Es el “bar de libros” que la librería La Central esconde en sus entrañas, un rincón telúrico que supura historia por todas sus piedras y baldosas antiguas, y te acoge en festival de luz natural, árboles, plantas, palmeras y musgo.
El negocio del bar ha vivido diferentes etapas, pero la magia de este oasis interior no solo sigue intacta, sino que se ha acentuado. No busques cosas raras, en Decamerón puedes leer a dos carrillos mientras te tomás un café o una 'matcha' y cedes a la tentación de alguna pieza de bollería o pastelería. También puedes explorar la carta de bocadillos (focaccias, bikinis, tostada de aguacate, etc.) y darte un pequeño homenaje entre capítulo y capítulo. Un consejo: llévate 'Guerra y Paz', porque te vas a tirar todo el santo día allí.
6. Ritmo de la noche
Estamos tan a gustito
Cuando cae la noche, se produce la magia en la terraza ajardinada de Les Filles (Minerva, 2) . Madre mía las cenas a la fresca en este precioso restaurante, con el cosmos titilando en el cielo de Barcelona, con las plantas cerniéndose sobre los comensales; Les Filles es un cuento con final feliz, qué bello es vivir… especialmente en primavera. Y gana la partida en dos flancos: el buen gusto y su cocina reconfortante.
La terraza jardín está casi tocando la Diagonal, territorio comanche, pero se encuentra lo suficientemente resguardada en la calle Minerva como para no comerse el ajetreo y, lo que es peor, el pestazo que sale de un McDonald’s cercano. Y en la cocina, el predominio de la huerta y las recetas saludables denota una preocupación genuina por la digestión de los acólitos. Hay proteína animal, sí, pero no es la partitura principal, aunque está muy bien tocada. Pueden ser unas zanahorias de colores al horno con anacardos, una ternera de Girona, una 'babaganoush', un ceviche, una coliflor asada o un bacalao negro al miso. Sí, lo de la noche es muy bucólico, pero vamos, si ya dejaste atrás tu época de ave nocturna, la terraza-jardín también está abierta durante el día para 'brunch' y comidas. La siesta, eso sí, tendrás que hacerla en casa.



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