CanalViajar
El verano da el pistoletazo de salida y la más pequeña de las Pitiusas se prepara, como cada año, para recibir a los miles de amantes de sus playas y calas, de sus aguas de colores imposibles y sus rincones de postal. 83 kilómetros cuadrados de puro placer nos esperan.

El sonido del motor del ferry que nos desconecta de la realidad para llevarnos al último paraíso del Mediterráneo es la señal inequívoca de que nuestra particular singladura ha comenzado. A estribor dejamos la silueta de Dalt Vila, con su imponente castillo despidiéndose en la cima, mientras decimos adiós a Ibiza, que va quedando atrás. Por delante, un recorrido al compás de las olas durante el que disfrutamos del mar en toda su esencia. Mientras las pulsaciones se van ralentizando, atisbamos en el horizonte una Formentera que nos aguarda ansiosa por demostrarnos que aún quedan rincones en el universo en los que andar descalzos y con el pelo enmarañado sin necesidad —ni intención— de mirar el reloj.
Y por fin tocamos tierra: el Puerto de La Savina nos da la bienvenida a la más pequeña de las Pitiusas. 83 kilómetros cuadrados de pura esencia mediterránea que no escatiman en carreteras serpenteantes ni en paisajes de postal. El mar, eso sí, aparecerá a nuestro encuentro constantemente, cuando menos lo esperemos: eterno, mágico, formado por una paleta infinita de azules tan imposibles como sublimes, nos traerá la calma que tan bien define a Formentera.

Una de las culpables de que esto sea así —es decir, de que la isla cuente con unas aguas tan limpias y bellas— es la posidonia, que crece en frondosas praderas bajo el mar a lo largo de todo el litoral de la isla. Un ecosistema que en 1999 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y que ocupa alrededor de 7.650 hectáreas, cuya presencia es fundamental, gracias a sus raíces, para evitar la erosión de los fondos marinos. Además, debido a la fotosíntesis, ejerce la función de depuradora natural, factor clave en la espectacularidad de las aguas cristalinas que exhibe este rinconcito del Mediterráneo.
Indomable por naturaleza
Muy probablemente ese espíritu libre, el que le hace permanecer fiel a su naturaleza sencilla, sin abalorios, es lo que ha hecho que Formentera conserve el halo de lugar especial a pesar del paso del tiempo. A pesar, también, de que la afluencia de visitantes sea cada vez mayor. A pesar de que el número de habitantes haya crecido en las últimas décadas. Sin embargo, la isla continúa derrochando una suerte de aura de indomabilidad que encontramos al desviarnos de sus escasas carreteras para perdernos por vías sin asfaltar. Cuando nos lanzamos a conducir —el coche, la moto o la bici, qué más da— entre campos de cultivo y huertas particulares en busca de la auténtica paz.

Pero es en su costa donde Formentera explota en todas sus versiones. Ses Illetes, su playa más popular, elegida durante muchos años como la mejor de Europa, deslumbra con sus arenas doradas y sus vistas a la inconfundible silueta de Es Vedrá. Aquí hay espacio para los amantes del vuelta y vuelta bajo el sol y para los de los chapuzones refrescantes. Para los que buscan un chiringuito en el que alzar la copa de vino y para los que no dudan en lanzarse a conquistar olas aferrados a sus tablas y velas de kitesurf. En su extremo norte, el idílico arenal, que forma parte del Parque Natural de Ses Salines, se transforma en una lengua de tierra flanqueada por aguas turquesas desde donde contemplar otro de los edenes más fotografiados de Formentera: el islote de Espalmador, al que llegar, mucho mejor, en excursión en barco desde La Savina.

Habrá que rendirse a esos otros placeres mundanos que llevan a agarrar las gafas y el tubo de esnórquel para lanzarnos de cabeza a las prístinas aguas de Ses Platgetes, en Es Caló. Rodeados de esa estampa tan formenterana, la que protagonizan decenas de barquitas de pescadores descansando en los varaderos, nos zambullimos a descubrir todo un mundo paralelo que transcurre en las aguas del Mediterráneo. Aleteos y brazadas en uno de los lugares más hermosos de la isla harán que, sin duda, entre hambre. Excusa más que perfecta para sentarnos en cualquiera de los restaurantes con vistas de la zona, como el mítico Es Caló, y dar buena cuenta del delicioso pescado isleño: lo de decantarse por un tradicional bullit de peix, por una ensalada payesa o una típica langosta con patatas y huevos, ya dependerá del apetito.

La lista de experiencias playeras se engrosa con nombres como Cala Saona, la única playa de arena que atesora la costa occidental de la isla. Una idílica ensenada entre acantilados desde la que dedicarse al agradable arte de ver la vida pasar entre remojones y lecturas pausadas. En el otro extremo del litoral formenterano, la costa sur resplandece con los cinco kilómetros de arenas blanquísimas de Migjorn, divididas en pequeñas calas y playas en las que nadie dudaría en naufragar voluntariamente. Salpicadas de tentadores chiringuitos, aquí el goce está asegurado, aunque es en Caló d’Es Mort, algo más al sur, donde la palabra paraíso cobra todo el sentido.

Acomodados en la toalla, solo hará falta alzar la mirada para atisbar los infinitos barcos —veleros, en su mayoría— que apuestan por acercarse cada verano hasta este rincón de inmensa belleza desde el propio mar: porque recorrer el litoral de Formentera navegando es otra aventura diferente, pero irrechazable.
Entre salinas y faros
Sorprende que, en un espacio tan reducido como el de Formentera, se concentren paisajes tan diversos. Estampas que definen la isla y que salen a nuestro encuentro a cada giro de volante; a cada pedaleo de bicicleta. Es fácil darse de bruces con una de las imágenes que mejor definen a la más pequeña de las Pitiusas: a un salto del Puerto de La Savina, las salinas del Parque Natural de Ses Salines despliegan todo su encanto en un alarde de poesía viva compartida con su vecina Ibiza, también dedicada a la explotación salina desde tiempos de fenicios. Hoy, son un ejemplo de la riqueza de la biodiversidad mediterránea y sirven de área de descanso y de nidificación para aves migratorias en sus viajes entre Europa y África. Su valor ecológico y paisajístico, formado por hábitats tanto marinos como terrestres, es inmenso. Solo hay que saber que en su territorio han sido censadas unas 210 especies de aves que abarcan flamencos, cigüeñuelas comunes, tarros blancos o zampullines cuellinegros, lo que la convierte en un reclamo formidable para los amantes de la ornitología.

Y un poco más allá, donde el mundo parece llegar a su fin, un faro. O dos, en realidad. Y no habrá manera de decantarse por cuál de los dos resulta más bello. Más popular, eso sí —ya se encargó de ello la afamada película de Medem Lucía y el sexo—, es el Faro de Barbaria, que preside el cabo del mismo nombre desde el imponente acantilado vertical de 100 metros sobre el mar contra el que las olas rugen con fuerza. Para llegar a él hay que tomar un estrecho carril rodeado de un paisaje semidesértico que rompe con el azul Mediterráneo de fondo. Un azul que se repite, claro, en el otro extremo de la isla: el icónico Faro de la Mola regala atardeceres maravillosos y acoge, desde 2019, un espacio cultural y de difusión del patrimonio marítimo de Formentera.
Esencia rural
La piel salina, consecuencia de algún que otro remojón, es fiel compañera en cualquier contexto en Formentera. También en un paseo por sus coquetos pueblos, tan blancos y recoletos ellos. Es Pujols concentra gran parte de la actividad turística de la isla con su puñado de calles repletas de bares, restaurantes, tiendas de recuerdos y terrazas de copas. Tampoco escatima en mercado artesano o en oferta hotelera, entre la que se encuentran pequeños oasis al estilo Mar Suites Formentera, que presume de contar con 31 acogedoras suites y una decoración inspirada en materiales naturales que abraza invitando —aún más— al relax. Su piscina es una alternativa perfecta a las jornadas de playa, y su singular restaurante al aire libre, Es Garrover, el lugar ideal para saborear la cocina mediterránea.

Algo más apartada —aunque, ¿qué está apartado en Formentera?— se halla la capital, Sant Francesc Xavier, donde el azul vuelve a protagonizar las contraventanas y puertas de sus negocios. Aquí todo sucede en torno a su iglesia parroquial del siglo XVIII, que en época de piratas sirvió también de fortaleza defensiva. En la plazuela desplegada a sus pies, los niños juegan al balón y los mayores conversan en bancos viendo cómo, llegado el verano, la localidad se despereza para abrazar a sus visitantes.
Turistas ávidos de una realidad que se aleje del estrés de la rutina diaria; que les lleve de la mano a disfrutar, como solo Formentera sabe hacerlo, de los verdaderos placeres de la vida. La tranquilidad, el descanso y la contemplación de un mar que aúna, cómo no, todos los azules posibles.
No hay comentarios:
Publicar un comentario