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Entre gigantes kársticos envueltos en vegetación, alfombras de arrozales infinitos, templos de oro y palafitos que viven al ritmo del monzón, el río Mekong y sus afluentes salpican culturas y leyendas místicas. A su paso por Laos y Camboya, esta impetuosa geografía acuática nos adentra en ciudades que se transforman fugaces y aldeas donde el tiempo parece disolverse en cascadas escondidas, pagodas solitarias y cuevas donde habita Buda.

Mee, de 17 años, y Oun Kham, de 20, viven sobre el agua, en un barco de cola larga que cruje suave con cada balanceo del Mekong. Su hogar flota entre Luang Prabang y las aldeas que se despliegan por el valle. Junto a sus dos bebés, siempre descalzos y con las mejillas bronceadas por el sol, guían a viajeros hacia lugares que no figuran en los mapas. En los pequeños ratos muertos, Mee saca su teléfono para conectarse a otro mundo bien distinto y compartir el suyo, durmiendo con el vaivén del agua y despertando con el canto de los gallos.

Rodeada por hileras de montañas calizas que siluetean la imagen más emblemática del Sudeste Asiático, vuelvo a sentir cómo me fundo con esas tierras que un día fueron mi hogar. El monzón acaba de terminar, pero el ambiente aún está cargado con notas húmedas.
Luang Prabang es la gran protagonista de este lienzo de naturaleza sin mesura. El enérgico Mekong a un lado. Al otro, el tímido Nam Khan. Dos ríos que enmarcan este refugio místico repleto de templos centenarios y casas coloniales. Al atardecer, los naranjas de fuego prenden las montañas esmeralda de Ban Thon. Una estampa que presenciamos a la luz de las linternas que se replican en el Mekong para después perdernos bajo los toldos rojos y azules del animado mercado nocturno.
Declarada Patrimonio de la Humanidad en 1995, esta ciudad fue enclave real. Su carácter, profundamente espiritual, continúa latente en todos sus rincones. Ya solo su nombre se debe a una venerada imagen de Buda, el Phra Bang. Los monjes se levantan muy temprano, tanto como los turistas que quieren verlos desfilar descalzos al amanecer con sus cuencos de bronce mientras que los fieles les ofrecen arroz y fruta. Una emocionante ceremonia que nos hace partícipes del peso del budismo. “Aquí, antes de ser rey, era obligatorio ser monje”, cuentan. Prueba de ello es la cantidad de templos que se reparten frente al agua, fuente de vida y purificación.

Fundado en el año 1560, Wat Xieng Thong es el templo más icónico, con su techo inclinado que parece tocar el suelo. La fachada del Wat May, “el templo nuevo”, narra la historia de Buda y, en el interior, dos imágenes suyas invitan a la meditación. Muy cerca visitamos el antiguo Palacio Real, construido en 1904, durante el periodo colonial francés. Frente a él se instala cada noche el mercado, donde comprar sedas naturales, tallas de madera, bolsos étnicos o lámparas hechas con hojas secas. Tras él, el monte Phou Si es el mejor mirador de Luang Prabang y su sitio más sagrado. Ascender los 328 escalones que conducen hasta su estupa dorada es un rito indispensable. Desde lo alto, los tejados grises de las casas contrastan con los naranjas de los templos. Los primeros rayos del sol del día tiñen de oro líquido las aguas de los dos ríos que nos abrazan. Panorámicas que nos devuelven al Mekong, para, guiados por Mee y Oun, alcanzar aldeas de bambú donde no hay coches, la electricidad llega a ratos y los búfalos pastan libremente mientras las mujeres hilan coloridas telas.

Río arriba, río abajo
Entre selvas densas y senderos de tierra naranja, caminamos hasta Kuang Si, unas cascadas que se deslizan por escalonadas terrazas de travertino dando forma a pozas irreales. Aunque el trayecto puede hacerse en coche o moto desde Luang Prabang, a poco más de 30 kilómetros, la experiencia más auténtica es llegar navegando hasta una aldea cercana para, a continuación, ir sumergiéndose, poco a poco, en estas aguas que parecen derretir los colores del cielo y la selva. En este santuario natural conviven dos especies de osos, conocidos como Sol y Luna. Su conservación es vital frente a la amenaza de caza furtiva, que tiene la finalidad de su venta a China para usos medicinales.

Río arriba, las aguas chocolate del Mekong se abren ante recodos, conduciéndonos a Ban Xang Hai, un poblado en el que el tiempo se ha detenido entre vetustas prácticas, como la de la producción artesanal de whisky de arroz. Esta bebida lleva el nombre de lao lao e incluye serpientes o escorpiones dentro de la botella como medicina o amuleto de virilidad. Otra de sus tradiciones es la de la cerámica, presente casi desde su fundación, en 1363. Fueron los alfareros chinos quienes introdujeron la técnica llegando a abrir más de 400 hornos en la zona, de los cuales salieron numerosos cántaros de barro usados para almacenar sal y, más tarde, como producto de intercambio comercial, bautizando así a Ban Xang Hai (la aldea de las jarras). Bebiendo tragos de lao lao sin mucha ceremonia, presenciamos cómo sus gentes continúan perpetuando todas estas costumbres.

A tan solo cinco kilómetros, el Mekong se une con el río Nam On en las cuevas de Pak Ou, talladas por la erosión en la montaña. Entre sus pliegues rocosos habitan más de 4.000 figuras de Buda. Descubrirlas en la penumbra y embriagados por el incienso es una experiencia mística. Cuando el Mekong crece con las lluvias del monzón, algunas de las estatuillas son arrastradas por la corriente, viajando hasta tierras camboyanas.
Los sueños de Vang Vieng
A 200 kilómetros hacia el sur de Laos es el río Nam Song el que zigzaguea entre arrozales y montañas de roca caliza, regando un paisaje hecho para la aventura. En sus aguas flotan kayaks y canoas, con pereza o velocidad dependiendo del tramo. Esta vía fluvial es la columna vertebral de Vang Vieng, una localidad que durante años fue meca de mochileros que llegaban ansiosos por descender el río en un neumático con cerveza en mano. Las fiestas acuáticas se volvieron tan legendarias como peligrosas, pero este destino supo cambiar su apuesta y dirigirse hacia un turismo más responsable y relajado, aunque conservando sus características dosis de adrenalina.

Las montañas esconden infinidad de cuevas y lagunas. Una de las más visitadas es la Blue Lagoon, una piscina de intensos turquesas oculta entre la espesura. Llegar hasta ella de una forma emocionante supone recorrer en buggy caminos que atraviesan aldeas perdidas en las que los niños salen a saludar. Esta es una de las experiencias organizadas por Evaneos con la que es posible explorar la región de forma íntima. Esta empresa, especializada en viajes sostenibles a medida, se caracteriza por su emocionante modo de preparar y vivir el viaje al mismo tiempo que apuesta por destinos poco saturados turísticamente.
Una plataforma sobre un árbol sirve como trampolín a un refrescante baño, con algo más de gente de lo esperado pero igualmente mágico. En un columpio rústico me balanceo sobre el agua y evalúo los saltos de los bañistas, unos más torpes y otros casi gimnásticos. Justo al lado, unas empinadas escaleras guían hacia la cueva de Tham Phu Kham, donde un Buda reclinado descansa bajo amenazantes estalactitas.

En esta localidad aventurera, globos, parapentes y piraguas salen a despedir el día. Momento en que el Nam Song se torna violáceo y miles de farolillos iluminan el cielo.
Mekong cosmopolita
Más al sur se localiza Vientián. La capital de Laos late a orillas del Mekong, que aquí marca la frontera natural con Tailandia y se vuelve más cosmopolita. Lo mismo sucede en Phnom Penh, especialmente en el paseo fluvial frente al Palacio Real, lugar de encuentro de locales y viajeros.

La capital camboyana dista mucho de aquella ciudad desordenada con casas bajas y desgastadas al borde del derrumbe que conocí hace más de una década. Hoy se eleva entre rascacielos modernos, fruto de la inversión extranjera —principalmente china, japonesa y coreana— que ha transformado por completo su perfil urbano. El Sudeste Asiático muta con una rapidez pasmosa. Por eso siempre me gusta volver, para constatar cómo resurge, aunque a veces ciertos cambios me reciban con una decepción inesperada. En el caso de Phnom Penh, ahora es una combinación palpitante de modernismo, espiritualidad, bullicio, caos y melancolía. Joven y vieja a la vez. Su pasado menos lejano sigue presente en el S-21, una antigua escuela que fue convertida en centro de detención durante el régimen de los Jemeres Rojos. Actualmente cuenta la memoria más cruda y escalofriante del país. Aquí fueron torturadas y asesinadas más de 17.000 personas. En sus salas se pueden ver celdas estrechas de ladrillo o madera, fotografías ampliadas de la época, instrumentos de tortura e incluso manchas secas de sangre sobre los azulejos blancos y marrones. Un recorrido devastador pero muy necesario para entender lo que supuso aquel régimen que tomó el mando el 17 de abril de 1975 y, en menos de cuatro años, dejó tres millones de muertos.

El mejor medio para tomarle el pulso a la ciudad y a sus mercados es el tuk tuk. El Mercado Central, bajo una impresionante cúpula de color amarillo pastel o el desordenado Mercado Ruso, donde se venden desde antigüedades a textiles bordados a mano.
Hacia el corazón secreto de Camboya
Alejados de rutas convencionales, iniciamos un viaje por caminos impredecibles hacia el destino final de nuestra ruta, Siem Reap. Aquí comienza una Camboya auténtica, esa que apenas ha visto a turistas y que vive ajena al vértigo moderno. Al contrario que su vecina Laos, aquí el terreno se abre en una vasta llanura parcheada por campos de arroz, palmas de azúcar y fincas de anacardos. Skun es nuestra primera parada antes de adentrarnos en caminos de tierra. Esta especie de vía de servicio se ha hecho famosa por sus puestos de tarántulas fritas, las cuales, además de comerse, posan, aún vivas, sobre los hombros de aquellos turistas que aceptan el reto. El camino prosigue serpenteando hacia Phnom Pros y Phnom Srei —la colina del hombre y la colina de la mujer. Más adelante sorprende el complejo de Nokor Bachey, un conjunto de templos pre-angkorianos atrapados por la vegetación donde unas niñas detienen sus bicicletas en busca de una charla foránea. Mariposas y libélulas custodian los secretos de Sambor Prey Kuk, uno de los complejos arqueológicos más antiguos y desconocidos del Sudeste Asiático. De sus 293 templos originales, construidos en ladrillo rojizo, se conservan unas 64 estructuras, algunas con grandes boquetes que recuerdan la historia bélica vivida en el territorio.

Parte del trayecto lo hago subida a una moto, otra de las experiencias exclusivas de Evaneos en su propósito de acercar culturas de una forma diferencial. Con la brisa de los últimos resquicios del monzón golpeándome en la cara y devolviéndome más recuerdos asiáticos, recorro caminos arcanos del corazón de Camboya, esos que un día estuvieron atestados de minas antipersona. Pienso en su periodo más dramático, pero también en la grandiosidad de un imperio capaz de construir templos de gran belleza. Puentes de bambú improvisados, estanques cubiertos de nenúfares, casas de paja o madera frente a otras de cemento atravesadas por antenas parabólicas, monjes de camino a templos perdidos sobre la llanura... Aquí no hay hoteles de lujo. Tampoco el Mekong llega directamente, pero sí lo hacen sus afluentes en forma de vida que fertiliza los campos.
Parada en Angkor Wat
Tras días de caminos vacíos, llegamos a Siem Reap, base para descubrir uno de los mayores tesoros arqueológicos del planeta, con Angkor Wat a la cabeza. Construido en el siglo XII en honor al dios hindú Visnu, es Patrimonio de la Humanidad desde 1992. Sus impresionantes torres se reflejan en los estanques adyacentes. Una imagen imponente especialmente al amanecer, cuando la piedra, tallada por batallas y leyendas, se tinta de dorados y rosados. Más allá, otros templos como Angkow Thom, Bayon —con sus 216 rostros sonrientes de Buda— o Ta Prohm, cuya popularidad creció tras aparecer en la película Tomb Raider, muestran otros tesoros del imperio jemer, que dominó gran parte del Sudeste Asiático entre los siglos IX y XV.

Por la noche, las calles de Siem Reap son las protagonistas, especialmente las que cruzan por sus mercadillos nocturnos, con aroma a durian y una frase constante “Same same, but different”. Alrededor se reparten restaurantes que sirven delicias locales como el amok, pescado en hojas de plátano, o el lok lak de carne salteada.
Al sur de Siem Reap, la vida vuelve a palparse en el agua, concretamente en la del lago Tonlé Sap, el más grande del sudeste de Asia. Este cambia de carácter dos veces al año. Durante la estación seca, fluye hacia el Mekong, con el que está conectado, pero en la época de lluvias monzónicas, el poderoso río invierte su curso inundando el lago y aumentando considerablemente su superficie. Las aldeas que lo bordean, como Kompong Phluk o Kampong Khleang, construidas sobre pilotes de más de nueve metros de altura, se adaptan al capricho del agua. Así, tras alimentar poblados remotos, cosechas y leyendas, el Mekong se funde con el Tonlé Sap siguiendo el ciclo de la vida en el corazón siempre palpitante de Indochina.
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