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Es una de las maravillas geológicas que hay que ver una vez en la vida. Y está muy cerca de España, en un archipiélago que flota en medio del océano Atlántico, tan exuberante y extremadamente exótico que es conocido como el Hawaii de Europa.
Se trata de un conjunto de nueve islas volcánicas que pertenecen a Portugal, dato definitivo para saber que estamos hablando de las Azores. Un paraíso volcánico que guarda infinitas sorpresas en forma de paisajes que difícilmente se pueden describir si no los contemplas con tus propios ojos. Palabrita.

Un paraíso en medio del mar
De todas las islas que componen este paraíso en la tierra (o, mejor dicho, en medio del mar), la de São Miguel es la principal y la más visitada por los turistas, y eso que apenas tiene 65 kilómetros de distancia de una punta a otra de la isla.

Lo más conocido de la isla es precisamente su paisaje volcánico, su vegetación salvaje y exuberante y la gran variedad de vida marina: es un paraíso para el avistamiento de ballenas, sin ir más lejos.
Lo más curioso es que, a nivel urbano, es un tesoro arquitectónico que guarda sorpresas como una ciudad construida en piedra basáltica negra en el siglo XVIII, con iglesias y edificios emblemáticos que nos llevan de viaje hasta el barroco portugués. Junto a ellos, una iglesia gótica, la de San Sebastián, y la fortaleza de São Brás, levantada en el siglo XVII.

La isla del bosque al revés
Pero pocos viajeros saben que, más allá de São Miguel, el archipiélago esconde otros lugares mágicos y realmente asombrosos, como la isla que guarda en su interior un cráter a cielo abierto. Es Terceira, un nombre curioso para una isla y que se debe, precisamente, a que fue la tercera isla en ser descubierta, por detrás de São Miguel y Santa María.

En Terceira se encuentra el Algar do Carvão, esa maravilla geológica que ofrece una experiencia realmente única: la de caminar por el interior de un cráter volcánico, convertido hoy en un auténtico bosque a cielo abierto que parece crecer al revés.
Es algo así como una selva interior escondida en una chimenea volcánica a más de 90 metros de profundidad, formada hace más de 3.200 años tras varias erupciones. La experiencia de poner un pie ahí dentro es lo más parecido a estar en las profundidades de la tierra.

Una escalera que desciende hasta el fondo de la tierra
La cueva se descubrió a finales del siglo XIX, y lo más sorprendente es que hasta 1963 solo se podía acceder su interior mediante el descenso a través de una cuerda (una experiencia solo apta para aventureros, sin duda). Hoy todo es más fácil: a través de una gran escalera de lava fosilizada 300 metros de longitud, construida tras la creación de un túnel primigenio hacia el interior del cráter. Dato para los más curiosos: esta gran escalinata al interior de la tierra tiene 338 escalones.

Contemplar la cueva a cielo abierto desde la profundidad del cráter y a través del hueco de esta chimenea es una experiencia inolvidable, sin duda. No es de extrañar que el lugar esté reconocido como Monumento Natural Regional.

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