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El valle del Nansa es un destino que combina naturaleza, aventura y patrimonio rural. Un tesoro escondido que nos muestra lo mejor de la Cantabria interior, esa de praos verdes y un río salmonero salpicados de pueblos con encanto como Polaciones o Tudanca. Ferrerías, molinos harineros, una senda fluvial o la Capilla Sixtina de la geología completan el viaje.

Tras un invierno marcado por intensas lluvias, avisos por malamar y fuertes rachas de viento, Cantabria se prepara para la temporada estival con unos valles en los que el ojo humano puede apreciar infinitos tonos de verde, desde el verde bosque hasta el musgo, helecho, espinaca o, incluso el verde manzana. Nos trasladamos a poca distancia de enclaves turísticos tan importantes como Santillana del Mar, Comillas, San Vicente de la Barquera, el valle de Cabuérniga, el Saja o Liébana, para conocer el valle del Nansa, que nos da la bienvenida ofreciéndonos una tranquilidad única y un turismo rural enclavado entre valles y montañas.

Arrancamos la ruta en Herrerías, cuyo nombre proviene de las ferrerías que había en las inmediaciones. El municipio es rico en cuevas y puede presumir, por ejemplo, de una de extraordinario valor que visitaremos a continuación: la cueva de El Soplao. Descubierta a principios del siglo XX con la explotación de las minas de La Florida cuenta con más de 30 kilómetros de galerías. En su interior alberga imponentes formaciones excéntricas salpicadas de aragonitos, estalactitas y estalagmitas que dejan al viajero sin palabras. No en vano, para muchos esta cueva es la Capilla Sixtina de la geología. A bordo de un tren minero se accede a la cavidad principal y desde ahí se recorren andando las distintas galerías mineras. También podemos descubrir un yacimiento de ámbar del Cretácico que cuenta con innumerables insectos prehistóricos, muy a lo 'Parque Jurásico'.

Molinos harineros en Cades
Seguimos en Herrerías, junto a la ribera del Nansa y nos topamos con la ferrería de Cades, un edificio que se terminó de construir a mediados del siglo XVIII y que permitía poner en funcionamiento no solo la ferrería sino dos molinos harineros cercanos. Actualmente se encuentra cerrado temporalmente por mejora de las instalaciones, pero hasta hace poco se ofrecían visitas didácticas para colegios, así como demostraciones de su funcionamiento.
En un enclave como en el que nos situamos, el cuerpo nos pide disfrutar de la naturaleza y del río salmonero que da nombre al valle. Y, precisamente, la senda fluvial del Nansa está habilitada para poder recorrerla desde Cades hasta Muñorrodero. Esta ruta se divide en dos tramos, el primero que va desde la ferrería ya visitada hasta la central hidroeléctrica de Trascudia (a unos 7 kilómetros) y el segundo, que llega hasta la población de Muñorrodero (a otros 7 kilómetros). El trayecto es sencillo incluso para hacerlo en familia y con niños pequeños, ya que no entraña grandes dificultades ni un importante desnivel. De eso pueden dar buena cuenta los peregrinos que recorren esta senda como parte del Camino Lebaniego y que, justo en este tramo, disfrutan de la belleza paisajística sin que las piernas se resientan.

El curso del salmón
En el primer trecho del recorrido conviene mantener los ojos en el río, ya que se pueden descubrir desde truchas hasta salmones. E, incluso si hay suerte, alguna que otra nutria. Es más exigente que si se comienza la ruta en Muñorrodero, pero, a cambio, ofrece un escenario más agreste. Para disfrutar del paisaje en todo su esplendor, conviene que te desvíes hasta el mirador del Poeta (en la localidad de Camijanes), ya que ofrece una excelente panorámica del río Nansa, así como algunas construcciones típicas montañesas. Y, volviendo a la senda fluvial, llegamos a la central hidroeléctrica de Trascudia donde nos espera un bonito salto de agua.
Es momento de descansar. Los amantes del dulce, milagros de Garabandal, de la panadería del Nansa en Puentenansa, los del queso, un bocáu de cualquiera de los que elaboran en la quesería artesanal Gomber, en el cercano valle del Cabuérniga. Nos volvemos a poner en pie para recorrer los 7 kilómetros que nos separan de la meta. El recorrido ahora es más sencillo y, además, nos va a permitir descubrir los ingeniosos puentes con los que los pescadores atravesaban el río de una orilla a otra. También cruzaremos pasarelas de madera y escaleras talladas en las propias rocas. En este tramo no podemos perdernos la cueva El Rejo, habitada por cientos de murciélagos. Y, paso a paso, siguiendo las señalizaciones, llegaremos al final de nuestra ruta, que nos dejará a muy poca distancia del cementerio de Muñorrodero.

Gran parte de las localidades del valle siguen conservando su sabor tradicional debido al aislamiento histórico de las rutas turísticas habituales. Podemos observar esa arquitectura popular con casas de piedra, madera y teja que se diluyen frente a casonas blasonadas construidas por familias que hicieron fortuna en el Nuevo Mundo. También descubrimos lavaderos, fuentes, abrevaderos, paneras, ermitas y humilladeros en pueblos como Lamasón, Rionansa o Peñarrubia.
Tudanca y las famosas vacas
Si cogemos las carreteras CA 181 y CA 281 vamos a pasar por muchas de estas poblaciones, pero en nuestro caso no vamos a detenernos hasta llegar a Tudanca. Declarada conjunto histórico-artístico nacional en 1983, esta aldea de poco más de 150 habitantes destaca por su Casona homónima. Su último propietario fue el escritor José María de Cossío, que la convirtió en todo un referente de actividad intelectual. Por ella pasaron, por ejemplo, Unamuno, Giner de los Ríos, Gregorio Marañón, Concepción Arenal o Gerardo Diego. Rafael Alberti, en su obra La arboleda perdida, describe el tiempo que pasó allí junto a José María. La Casona, hoy convertida en museo, cuenta con una fantástica biblioteca de 25.000 volúmenes entre los que destacan manuscritos de Federico García Lorca o Camilo José Cela.

Hablar de Tudanca es hacerlo también de la raza bovina autóctona de Cantabria. Es un placer verlas pastar en esos prados de color verde bosque, verde musgo, verde helecho o verde manzana. Pastos que, aquí, se siguen explotando en comunidad según el conocido Prau Concejo. El día de San Agustín (28 de agosto) se realiza el sorteo del prado del concejo, que se divide en lotes que se sortean entre todos los vecinos.

Y, acabamos este paseo por la Cantabria más desconocida en el municipio de Polaciones. Nos da la bienvenida al pequeño pueblo de Puente Pumar su Casa Rectoral, levantada en la segunda mitad del siglo XVIII. Hoy, la Fundación Botín la gestiona y pone a disposición de la gente del valle para realizar diferentes actividades. También podemos contemplar el humilladero, testigo de la religiosidad popular. En Lombraña, a menos de 3 kilómetros, descubrimos la casona homónima, que supone un buen ejemplo de casona barroca del XVIII y XIX. Cuentan, además, que muchos de los elementos de la construcción provienen del simbolismo masónico, como la bicromía en la fachada o el pavimento ajedrezado. Y en tiempo de descuento, no podemos irnos de aquí sin pasar por San Mamés (ubicada en el antiguo camino hacia Castilla), con sus casonas solariegas o ya, de camino a las altas montañas, los menhires y grabados de Sejos, que demuestran que hasta aquí llegaron los hombres de la Edad de Bronce con sus rebaños.

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