domingo, 30 de agosto de 2026

Canal Viajar : Alta Córcega, tan salvaje

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En sus innumerables viajes por el Mediterráneo, el escritor Guy de Maupassant quedó fascinado por esta inmensa gota montañosa que surca el mar milenario. Alejada en apariencia de la civilización europea, con alma de extranjera y siempre caótica, inspiró un sinfín de cuentos en la vida del francés, que tomó la naturaleza indómita de esta isla como uno más de sus personajes, acuñada, a menudo, como 'la salvaje'.

A pesar de su lejanía física del continente, siempre ha jugado un papel decisivo en la historia mayúscula de Francia desde su adquisición en 1768; además de ser la cuna de Napoleón Bonaparte y sus ancestros, fue un punto de anclaje determinante para el dominio francés en la región. Sin embargo, la pertenencia a la república de Génova durante siglos sigue latente en cada recodo de su universo, ya sea por las iglesias románicas que simulan los muros verdosos de Pisa, una huella profunda en el recetario popular con embutidos especiados como la coppa o el temperamento afectuoso de los corsos.

Un singular encuentro entre dos culturas obligadas a entenderse por el aislamiento insular que ha marcado, a su vez, una identidad propia difícil de etiquetar, debido a las vastas dimensiones de su territorio, con más de mil kilómetros de costa que roza los tres mil metros de altura en el Monte Cinto. Con rutas a menudo arrastradas por pasos de montañas y picos que bien merecen ascender para atrapar una mirada panorámica de la salvaje Corsica, la primera y gran recomendación del viaje es ceñir la agenda a un punto cardinal para facilitar su conocimiento.

Poner rumbo desde el aeropuerto de Bastia, la segunda ciudad más grande de la isla, hasta el septentrión engloba la que quizá sea la cara más salvaje de la isla. Esa misma que Maupassant retrató sin descanso de su puño y letra.

Hacia el fin del mundo

En el ascenso nos toparemos con Cap Corse, el cabo encumbrado durante siglos como el final del mundo y un gran desconocido incluso para los locales, porque solo algunos puntos de su morfología son accesibles en coche. Una isla dentro de otra que dice contener toda la singularidad de Córcega; aquí el clima es más cálido y ventoso, se nutre de acantilados, zonas húmedas y ariscas pero también de playas de agua turquesa. Es el caso de Tamarone, la joya de arena que humedece a Macinaggio, el pintoresco pueblo donde atracan los barcos de pesca entre viejas casas con ventanales de colores. A media hora en coche, en el lado occidental de la isla aguarda Tour de Sénèque, construida bajo el dominio genovés en el siglo XVI para proteger la región de los piratas berberiscos, y cuya subida regala unas vistas hipnóticas de la cara más abrupta de la isla.

El descenso por el oeste obsequia con un roadtrip elegante y sin sobresaltos, con guiños a la Toscana en localidades como Patrimonio, reconocida por la denominación de origen de sus viñedos. Una degustación en Clos Marfisi, regentada por Julie Marfisi, quinta generación de enólogos en esta bodega con más de dos siglos de historia, servirá de aperitivo antes de visitar la iglesia de Saint Michele de Murato. Alzada en el honorable valle del Bevinco, este santuario románico se mantiene solemne desde 1280 a un lado de la carretera, a imagen y semejanza de otras edificaciones de la época como la catedral de Pisa por el característico patrón claroscuro de piedra blanca y gris verdoso.

Un posible desencadenante del síndrome de Stendhal que se prolongará con la llegada a Campo di Monte. Este restaurante ‘destino’, anclado en una granja del siglo XVIII, da cada tarde la bienvenida con una copa de espumoso y el sonido del agua en su alberca de piedra, donde contemplar el imponente atardecer que se consume entre las laderas del valle. Una estampa que casi ensombrece la cocina de Pauline Juillard, la matriarca del clan que regenta el negocio desde 1985. Aquí la tradición corsa se mueve a sus anchas entre velas y soperas colmadas de potentes caldos, charcutería artesanal y una larga lista de pases con los que empacharse de historia y felicidad.

Otro relato familiar que enriquece la ruta de camino a la costa es el de Jean-Baptiste Acquaviva y Sabine Orticoni, los primeros propietarios del parque Saleccia. En 1951, este matrimonio francés adquirió la finca, por entonces una propiedad agrícola abandonada, que daría pie a un vivero y posteriormente, tras un incendio, a un parque abierto al público diseñado por su nieta. Un oasis para sobrellevar el calor extremo del verano entre bellos cipreses, olivos y especímenes florales traídos de todo el mundo como la amapola de California, que conviven con las esculturas de alambre de Alexandra Gatti, un observatorio de aves y talleres de jardinería.

La línea espacial que trazan los pueblos de piedra Pigna, Sant’Antonino, Corbara y Montemaggiore podría simbolizar la meca artesanal de la isla. Bien merece dedicar un día entero a recorrer los escasos kilómetros que los separan para atrapar las espectaculares vistas al Convento de Saint-Dominique, fundado en 1456, abastecerse de genuinos souvenirs de cerámica, aceites, jabones, grabados o incluso un violín en tiendas locales como Casa Savelli o Casa di l’Artigiani, visitar un museo de la música o presenciar inesperadamente una boda entre lugareños.

Alta Córcega es très chic

Para tomar el pulso a la vida corsa, nada como reservar un día en Calvi, reconocible por su bahía en forma de media luna y la ciudadela medieval; o bien en el pueblo de pescadores de Île-Rousse, famoso por su mercado abierto cada día entre columnas de estilo griego y la isla anexa de Piedra, que da nombre a la ciudad por sus rocas rojizas y es accesible andando desde el centro gracias a una presa. Con ilustres vecinos que fijaron aquí su residencia de verano, como el desaparecido Jean-Paul Belmondo, Jean-Paul Gaultier y Elton John, perderse por sus angostas callejuelas es todo un emblema del chic francés.

Saint-Florent, cosmopolita y llena de vida desde primera hora, cuando su casco histórico se llena de puestos de frutas, cafés, galerías de arte y mercados como Maison de Tradition, creado en 1913, cuenta con un puerto fundado por genoveses en el siglo XVI. Un bello paseo por los muelles que le ha valido el apodo de la Saint Tropez isleña, mientras en la Plaza de las Puertas se sigue jugando a la petanca o los más aventureros arañan unos centímetros de arena virgen en algunas de las playas próximas a la localidad como Fornali, Fiume Santo o Lotu, a unas horas a pie o bien en barco.

El arduo ejercicio de decir adiós a sus playas de agua cristalina y adentrarse por las entrañas de la isla merecerá la pena al toparnos con Corte, un pueblo encaramado a la montaña símbolo de la resistencia corsa frente al dominio de Génova. Aquí se ganó la guerra de independencia en 1755, pese a que la libertad duró poco al llegar los franceses a ocupar el territorio. Hoy en día sigue siendo el centro del sentimiento nacionalista, y el legado histórico de su ciudadela y su aclamado museo antropológico compite en protagonismo con la caminata por las Gorges de la Restorica. Esta ruta entre bosque de pinos y acantilados de granito invita a un chapuzón en las pozas naturales de este río, cuyo sendero conduce a los lagos Mello y Capitello de aguas glaciares que sobrevuela el águila real y con algún chiringuito donde repostar en el camino.

Si aún quedan fuerzas (y horas) en el viaje, nada como cerrar el círculo hasta Bastia rozando la costa este con una incursión en Aleia, la ciudad más antigua de Córcega. Fundada en el siglo VI a.C. por los foceos, los primeros griegos en realizar largos viajes por el Mediterráneo, mantiene en buena forma su sitio arqueológico, una mina para amantes de la piedra vieja que cuenta con una necrópolis prerromana, mosaicos, templos y pórticos, además de esculturas a plena luz por sus jardines y un museo con cerámicas etruscas. Más playas de ensueño, viñedos y algún brocante perdido nos acompañarán en la despedida de esta tierra tan rocosa como fina. Una fortuna que se disputaron con tesón imperios y civilizaciones, aunque fue su naturaleza indomable, la misma que describió Maupassant, la que supo unir naciones como no lo ha hecho el hombre.

Cuaderno de viaje para Alta Córcega

CÓMO LLEGAR: Iberia, Vueling.

De Madrid a Bastia con una escala en aeropuertos como París, Niza o Marsella. Iberia opera esta ruta con enlaces en la capital francesa a través de Air Corsica. Barcelona tiene vuelos directos con Vueling. Para moverse por la isla, lo mejor es alquilar coche en el aeropuerto.

DÓNDE DORMIR

Castel Brando. En el corazón del Cap Corse se erige esta mansión decimonónica. Su decoración, repleta de antigüedades, instrumentos musicales y papel pintado, tiene todo lo que cabe esperar del estilo francés con aroma a naftalina. El desayuno en su patio de estilo toscano, las dos piscinas cobijadas por limoneros y centenarias palmeras y el spa Intimu, además de la chispeante cocina de su restaurante, Les Américains, intentarán ralentizar nuestra salida.

Demeure Loredana. Al más puro estilo de Saint-Tropez, la brisa marina inunda este hotel de costa ajeno a la moda del lujo silencioso. Un piano de cola, espejos, columnas de madera talladas a mano del siglo XVI o un antiguo balcón perteneciente a un maharajá con casi 500 años de historia son algunos de los tesoros que aquí encontrarás.

Maria Die. A tres minutos del puerto y la ciudadela medieval, la inmejorable ubicación de este hotel con alma urbanita es más que decisiva en nuestro paso por la concurrida Calvi. Un chapuzón en su piscina de baldosas turquesa, las cálidas vistas desde la habitación o un licor en su Bar Die tras un intenso día en la playa de Roncu son otros motivos muy a tener en cuenta.

Dominique Colonna. Uno de esos hoteles ‘destino’ que robará más instantáneas de nuestra cámara que nosotros mismos. Surcado por el río Restonica, a un paso de la histórica ciudad de Corte, la naturaleza salvaje y aislada que retrató Maupassant en sus relatos sobrecoge a sus huéspedes en cada recodo de este vanguardista hospedaje. Su espacio wellness incluye sala de masajes con vistas al río, un estudio para yoga y piscina climatizada.

DÓNDE COMER

Boccafine. A la sombra de una parra virgen en el corazón de Nonza, aquí se viene a disfrutar de los productos locales y de temporada que su chef, Clément Collet, engrandece en un recetario generoso. Su visión del ‘huevo perfecto’ con puré de alcachofa de Jerusalén, picarones de focaccia, chalotas encurtidas y aceite de cilantro es sublime.

Campo di Monte. Esa frase manida de que una imagen vale más que mil palabras se cumple a rajatabla en esta casa rural y de comidas dentro de una granja del siglo XVIII, con uno de los atardeceres más bellos de toda la isla. Cocina corsa, en estado puro y sin aditivos, eso verás en la mesa que montan cada puesta del sol Pauline Juillard y su familia: un menú cerrado que alberga sopa, salchichas, lasañas, quesos, mermeladas…

Stella Mare (L’Île-Rousse). Con el agua del Mediterráneo acariciándonos casi los pies, este restaurante con alma de chiringuito ‘fino’ encierra en realidad un auténtico bistro francés con vistas al Cap Corse.

La table Di Ma. En el interior de una refinada casa de huéspedes, Vicent Champ idea un menú redondo en homenaje al legado de nuestras madres –"la mía, la mejor chef del mundo", apunta–, basado en una cocina sencilla elevada por el buen producto y las ganas de complacer. Con una estrella, te esperan platos como el atún rojo con caviar o un corazón de costilla de ternera ahumado con mirto.

La Crique. Este restaurante despliega una legión de hamacas amarillas sobre un acantilado de roca que, sin querer, dibuja la estampa más chic de Saint-Florent. El sonido de las olas se funde con la primera hora del aperitivo.

QUÉ HACER

Clos Marfisi. Aunque el invierno sea la mejor época para visitar sus viñedos, cualquier excusa es válida para descubrir una de las bodegas más longevas de la zona (bajo solicitud por mail). La visita incluye una degustación de su uva nielluccio para vinos tintos y rosados y vermentino para blancos, orgánicos y naturales.

Casa Savelli. En el interior de una de las bodegas de piedra de esta casa familiar que confiere ese aire de cuento al pueblo de Pigna, su dueña Dominique Giuntini ha creado un tienda en forma de gabinete de curiosidades directa al recuerdo colectivo. Su pasión por los productos locales como embutidos, quesos o frutas frescas se funden con tesoros y aromas de otras épocas.

Musée de la Corse. Dentro de la ciudad que lideró el nacionalismo corso, en las entrañas de la isla, se ubica el museo antropológico más famoso de toda Córcega. Ese plus de historia siempre necesario para comprender el presente de cualquier nación, que recorre la vida cotidiana de sus habitantes a través de elementos como trajes, artesanía o música.

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