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Los planes para perforar la tumba de Tutankamón en busca de posibles cámaras ocultas han recuperado una leyenda que acompaña al faraón desde hace más de un siglo. Tras la apertura de su tumba en 1922, varias muertes y accidentes relacionados con personas que participaron en la excavación o visitaron el lugar alimentaron la conocida como “maldición de Tutankamón”.
El interés ha resurgido después de que nuevas exploraciones detectaran indicios de corredores y cámaras a pocos metros de la estancia funeraria. Una de las hipótesis plantea que alguno de esos espacios podría estar relacionado con la tumba perdida de Nefertiti, aunque por el momento no existen pruebas que lo confirmen.
Las muertes que alimentaron la “maldición”
Uno de los casos que más contribuyó a extender la leyenda fue el de Lord Carnarvon, que había financiado las excavaciones. Murió el 5 de abril de 1923, cinco meses después del descubrimiento, a causa de una infección originada por la picadura de un mosquito que acabó complicándose con una neumonía.
Su muerte alimentó rápidamente las especulaciones. Incluso Sir Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, llegó a plantear públicamente una explicación sobrenatural: “Un elemental maligno pudo haber causado la enfermedad mortal de Lord Carnarvon”.
La lista de supuestas víctimas no tardó en crecer. En 1924, el arqueólogo Hugh Evelyn-White, que había entrado en la cámara funeraria, se suicidó y, según las informaciones difundidas en aquella época, dejó una nota en la que aseguraba haber “sucumbido a una maldición”.
A las muertes se añadieron también historias difíciles de comprobar. Una de ellas cuenta que el egiptólogo James Henry Breasted regresó a casa y encontró a su canario muerto y una cobra dentro de la jaula. El detalle dio todavía más fuerza a la leyenda: la cobra era un símbolo de la realeza egipcia y aparecía en los tocados de los faraones como emblema de protección.
Howard Carter vivió otros 17 años
El propio Howard Carter es uno de los principales ejemplos que contradicen la supuesta maldición. El arqueólogo pasó años trabajando en la tumba y participó directamente en la apertura de la cámara funeraria, pero vivió hasta 1939. Murió de cáncer a los 64 años, 17 años después del hallazgo.
Su caso, unido a las explicaciones médicas que existen para muchas de las muertes atribuidas a la “maldición”, ha contribuido a desmontar una leyenda alimentada durante décadas por las coincidencias y el sensacionalismo.
Más de un siglo después, los planes para explorar lo que podría esconderse tras los muros de la tumba han recuperado aquellas historias. La incógnita está ahora en las posibles cámaras detectadas junto al enterramiento y en si alguna de ellas puede ofrecer nuevas pistas sobre la tumba perdida de Nefertiti.
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