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Esta catedral española se construyó para competir con Dios en el pasado y, ahora, para impresionar a todo aquel que lo visita.

En Sevilla no se anda con medias tintas, todo lo hacen con ganas, ambición y un acento distinto. Y cuando a comienzos del siglo XV el cabildo decidió levantar una nueva catedral, la frase que resume el proyecto fue bien clara: “Hagamos una iglesia tan grande que quienes la vean acabada nos tomen por locos”. Y así fue, el resultado sigue ahí seis siglos después, demostrando que la Catedral de Sevilla es la mayor catedral gótica del mundo y una de las construcciones religiosas más ambiciosas jamás levantadas en Europa.
Un proyecto nacido de la riqueza y del orgullo
La obra se aprobó en 1401 y se terminó, en lo esencial, en 1506. En ese momento, como podréis imaginar, Sevilla vivía un momento de esplendor económico que se consolidaría poco después con el comercio americano. La ciudad podía permitirse una catedral colosal y quiso demostrarlo. Para ello se derribó la antigua mezquita mayor almohade, conservando solo algunos elementos clave, y se apostó por un gótico tardío llevado al límite de sus posibilidades técnicas. Vamos, que lo apostaron todo al gótico y a un proyecto prácticamente imposible.

Pero, si todavía no os lo imagináis, las cifras ayudan a entender la magnitud. La catedral mide 135 metros de largo por 76 de ancho, con una superficie que supera los 11.500 metros cuadrados. Su nave central alcanza 42 metros de altura, una cifra extraordinaria para el gótico. Pero, no es solo grande, también es estructuralmente compleja, con cinco naves, girola y capillas laterales que forman un auténtico laberinto de piedra.
La herencia islámica que no se quiso borrar
Aunque el edificio es inequívocamente cristiano, Sevilla no rompió del todo con su pasado. Efectivamente, os lo habréis imaginado, hablo de la Giralda, antiguo alminar almohade del siglo XII, se integró como campanario. Por su parte, en la base del conjunto también se conserva el Patio de los Naranjos, antiguo patio de abluciones de la mezquita, hoy uno de los accesos más singulares al templo. Os aseguro, que visitar la Catedral de Sevilla en su conjunto es una experiencia que se queda contigo para siempre.

Al entrar, te espera una de las piezas clave del edificio. El retablo mayor, realizado entre finales del siglo XV y mediados del XVI, está considerado el mayor retablo de la cristiandad; más de 20 metros de alto y está tallado en madera policromada y dorada. Representa escenas de la vida de Cristo en una secuencia que no es solo devocional, sino que es un manifiesto visual del poder religioso de la Sevilla del Renacimiento, que, os adelanto, fue mucho.

Lo más sorprendente de todo es que, a pesar de su tamaño, la catedral no resulta oscura. Las vidrieras, muchas de ellas originales del siglo XVI, filtran la luz creando una atmósfera difícil de explicar. Y es que, en mi opinión, no hay lugar donde vivir tu fe mejor que en Sevilla.
Un edificio Patrimonio de la Humanidad
Y, como no, en 1987, la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad a la Catedral, la Giralda y el Alcázar. No por separado, sino como conjunto urbano excepcional. Y realmente lo entiendes cuando pisas la ciudad; la catedral no se entiende sin Sevilla, y Sevilla tampoco sin ella. Su silueta marca el centro histórico y condiciona la vida de la ciudad desde hace siglos. Y, si queréis una recomendación, pasear por sus alrededores en una noche de calor es, sencillamente, un placer.

La Catedral de Sevilla no se construyó para ser discreta ni funcional, eso salta a la vista. El objetivo se aprecia claramente; se levantó para impresionar, para durar y para dejar claro quién tenía el poder espiritual (y económico) en la ciudad. Y lo consiguió, porque seis siglos después sigue provocando la misma reacción. Como suele decirse, o se hacen las cosas a lo grande, o mejor no hacerlo, y en Sevilla optaron por lo primero, y el tiempo les ha dado la razón.
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