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El pueblo almeriense que se corona como capital gastronómica del pulpo seco gracias a una técnica artesanal perfeccionada durante siglos.

Cuando hablamos de comer pulpo es inevitable pensar en el norte de España, específicamente Galicia, famosa por su "pulpo a Feira" y tradición marinera, ligada siempre a la gastronomía; un reconocimiento que, sin embargo, no ha podido evitar que en el extremo contrario de la península este pueblo ostente el reconocimiento a preparar una versión inmejorable.

Su textura es jugosa, su consistencia firme, y el sabor marino intensísimo gracias a que el pulpo de roca que habita esta zona de Almería se cría en fondos rocosos alimentándose de crustáceos y moluscos, y quizá sea ese el secreto que ha hecho del pueblo de Adra la capital gastronómica del pulpo seco.

Una joya culinaria que nace de una antigua técnica artesanal
Lejos de técnicas modernas, el origen de este pulpo se remonta a la tradición pesquera y vida portuaria del pueblo, una forma artesanal en la que la conservación es el núcleo del proceso culinario, nacido de la necesidad de mantener, sin frio, el producto, y valiéndose de la situación atmosférica de la zona.

Lo primero es limpiar el pulpo, a continuación, se mete en salmuera y, posteriormente, se cuelga en perchas, donde la brisa del mar y el sol deshidratan poco a poco la carne. mediterránea y el sol. Posteriormente, se prepara asado sobre una plancha o ascuas, y se sirve cortado en rodajas finas, acompañado de aceite de oliva virgen extra y limón.
Aunque el bar La Isla, donde nació la fama del pulpo seco abderitano en los años cincuenta, ya no sirve el plato que lo hizo célebre, su legado sobrevive en la localidad, en la carta de bares y restaurantes y fuera de ella, en toda España e, ironías de la vida, también en Galicia.
Gracias a la fama e importancia de esta preparación, y su relevancia histórica, en el año 2020 Adra constituyó la Asociación del Pulpo Seco de Adra, APUSEDRA, con la idea de proteger y difundir las recetas ancestrales de las familias pescadoras, una labor que resultó en ser reconocido cinco años después como nueva Especialidad Tradicional Garantizada (ETG) por la Unión Europea.

Una historia de tres mil años sobre el Mediterráneo
Pero este pequeño pueblo de Almería remonta su origen mucho antes de reconocimientos, recetas y restaurantes. Fundada por los fenicios en el siglo VIII a. C., la llamada ‘Abdera’ fue colonia romana, enclave árabe, conformando el último puerto del reino nazarí, y ciudad industrial pionera.

Desde la muralla que mandó construir la reina Juana en 1505, hasta el yacimiento fenicio del Cerro de Montecristo, el peso histórico de esta pequeña villa se refleja en cada esquina, con más de 5 patrimonios declarados Bien de Interés Cultural (BIC).
Además de los anteriores, el pueblo cuenta con la Torre de los Perdigones, varios templos barrocos y la propia trama urbana de los siglos XVI y XVII, todos reconocidos como BIC, siendo uno de los municipios más reconocidos patrimonialmente de la provincia, al que se suma su pertenencia al arco mediterráneo de la Península Ibérica, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998 por la riqueza de su arte rupestre.

La historia de este pueblo almeriense tiene su epicentro en el Museo de Adra, instalado junto a la Plaza de San Sebastián, donde los restos arqueológicos del Cerro de Montecristo permiten recorrer la vida cotidiana de la que fue ciudad romana.

Pero más allá del patrimonio histórico, Adra ofrece casi catorce kilómetros de costa con varias playas de bandera azul, y una de las reservas naturales más singulares del sureste peninsular: un humedal del delta del río homónimo conocido como la Albufera de Adra.

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