CanalRViajar

Durante la segunda mitad del siglo pasado, buena parte del litoral español crecía a golpe de grandes hoteles y bloques de apartamentos por el boom turístico de los años 60 y 70, pero hubo una isla que decidió seguir un camino muy distinto. En lugar de levantar rascacielos frente al mar, apostó por conservar sus casas blancas, limitar la altura de los edificios e integrar la arquitectura en el paisaje volcánico.

Detrás de aquella idea estuvo César Manrique, el artista y arquitecto lanzaroteño que dedicó buena parte de su vida a demostrar que el desarrollo turístico podía convivir con la naturaleza sin destruirla. Su influencia fue tan profunda que, décadas después de su muerte, Lanzarote sigue siendo un ejemplo en escuelas de arquitectura y urbanismo por su manera de proteger un paisaje sin renunciar al desarrollo turístico.

La idea que cambió para siempre el futuro de una isla
Tras regresar a Lanzarote después de varios años viviendo y trabajando en Nueva York, César Manrique encontró una isla que comenzaba a abrirse al turismo internacional. Manrique estaba convencido de que el crecimiento podía poner en peligro uno de sus mayores valores (el paisaje volcánico), por lo que inició una intensa labor de concienciación junto a las instituciones de la isla para impulsar un modelo de desarrollo muy diferente al que empezaba a extenderse por otros destinos del Mediterráneo.

Y lo consiguió. Su influencia resultó decisiva en la protección de la arquitectura tradicional de Lanzarote y logró que las nuevas construcciones tuvieran que respetar la estética local (con fachadas encaladas, madera pintada principalmente en verde o azul y una altura limitada) para evitar que los altos edificios dominaran el paisaje. El objetivo era básicamente que la arquitectura acompañara al territorio y ahora eso es uno de los grandes rasgos de identidad de Lanzarote.
Arquitectura que nace del paisaje volcánico
En sus proyectos, Manrique buscó crear espacios donde la naturaleza y la arquitectura se complementasen, es decir, intervenir lo mínimo posible para que sea la naturaleza quien siga ocupando el papel protagonista. Ese planteamiento puede apreciarse en algunos de los lugares más emblemáticos de Lanzarote, como los Jameos del Agua, construidos en el interior de un tubo volcánico aprovechando una cavidad natural.

También destaca el Mirador del Río, que está prácticamente oculto en la roca y se asoma al archipiélago Chinijo. Otra de sus populares obras es el Jardín de Cactus, para el cual recuperó una antigua cantera volcánica transformándola en uno de los jardines botánicos más singulares de Europa. Tampoco podemos olvidarnos de la Fundación César Manrique, instalada sobre varias burbujas volcánicas naturales.

Un modelo admirado en todo el mundo
Su manera de entender el territorio contribuyó decisivamente a que Lanzarote fuese declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco en 1993, un reconocimiento que valoró precisamente la convivencia entre la actividad humana y un paisaje volcánico de enorme valor ambiental.
Más de tres décadas después de la muerte del artista, su legado sigue presente en cada pueblo, en cada carretera y en cada mirador de la isla, mientras que urbanistas y arquitectos continúan estudiando el llamado "modelo Lanzarote" como uno de los ejemplos más exitosos de planificación territorial vinculada al turismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario