domingo, 18 de octubre de 2026

Canal Curiosidades : Es poco probable, pero no imposible, que aparezca la tumba de Nefertiti

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En la orilla occidental de Luxor, a escasos kilómetros del Valle de los Reyes, un equipo de arqueólogos españoles dirigido por José Manuel Galán –quien acaba de publicar Al otro lado del Nilo (Espasa)– lleva más de 25 años desenterrando los secretos del antiguo Egipto.

«Hemos encontrado cosas maravillosas, pero nada de eso tiene sentido en sí mismo. El sentido de las cosas se lo das tú al entender lo que has descubierto, relacionarlo con otros hallazgos y asociarlo al individuo, al ser humano y a la sociedad», advierte en conversación con El Debate.

Sus investigaciones, centradas en la tumba de Djehuty, uno de los altos funcionarios de la reina-faraón Hatshepsut, no dejan de arrojar nuevos descubrimientos. Entre los más recientes destaca el hallazgo de un collar perteneciente a una joven de 15 años que contiene ocho piezas de vidrio extraordinariamente antiguas, revela el egiptólogo.

Este descubrimiento podría aportar nuevas pistas para resolver uno de los grandes debates de la arqueología: dónde y cuándo comenzó a fabricarse el vidrio, si en Egipto o en Mesopotamia.

Hablamos con Galán acerca de los secretos de sus descubrimientos, del Proyecto Djehuty y sobre la posible existencia de la tumba de Nefertiti. Además, denuncia la falta de financiación que amenaza la continuidad de las excavaciones españolas en Egipto.

–Usted lleva más de 25 años trabajando en Luxor. ¿Qué queda de aquel joven egiptólogo que llegó por primera vez y qué ha aprendido durante estos años de campañas?

–Creo y espero que quede mucho de ese primer egiptólogo. Sigo igual de ilusionado, atraído por la disciplina y siendo igual de soñador. Egipto me sigue enganchando como antes. Lo que pasa es que el tiempo pasa y espero ser un poquito más sabio.

Aunque, en realidad, cuanto más sabes, más te das cuenta de todo lo que te queda por aprender. Creo que ahora soy un poco más sabio, pero también soy más consciente de lo poco que sé.

El proyecto me ha dado muchas alegrías. Hemos aprendido muchísimo y yo sigo conservando ese espíritu de estudiante, de querer aprender en cada campaña y a cada minuto. Ese es mi lema: seguir aprendiendo hasta el final.

–Djehuty fue un alto funcionario de Hatshepsut y su tumba se ha convertido en uno de los grandes proyectos de la egiptología española. ¿Qué es lo más importante que nos ha permitido descubrir sobre la sociedad egipcia de hace 3.500 años?

–Lo que más me gusta de Egipto es darme cuenta de que los antiguos egipcios eran seres humanos como nosotros. Tenían los mismos miedos, las mismas angustias y también las mismas emociones. Sus relaciones con sus padres, sus esposas, sus hijos o sus hermanos eran muy humanas.

Darte cuenta de que había un ser humano casi como tú al otro lado del Mediterráneo hace 4.000 años creo que te ayuda a ser un poquito más humilde. En ese sentido, cuanto más sabemos de Djehuty, más conscientes somos de lo poco que sabemos, porque, por mucho que conozcas a una persona, nunca acabas de conocerla del todo. Nos ocurre hoy en día y también sucede cuando estudiamos a las personas del pasado.

Lo interesante es que eran humanos, con sus luces y sus sombras. Djehuty, para llegar a ser ministro de Hacienda de la reina Hatshepsut, probablemente tuvo que ser un hombre ambicioso. Y, si era ambicioso, a lo mejor no se portó del todo bien con algunos de sus compañeros.

Pero, al mismo tiempo, era un hombre muy preocupado por la cultura, por el pasado y por aprender de él. Era sensible, un intelectual, podríamos decir. Debía de ser ambicioso, pero también culturalmente inquieto. Cuidó de sus padres hasta el final y los tuvo muy presentes.

Hay que desmitificar un poco a estos personajes. Aunque yo le haya dedicado mi vida a Djehuty, probablemente no fuera el hombre perfecto. Pero, como no lo es nadie.

–España tiene actualmente numerosas misiones arqueológicas en Egipto, especialmente en Luxor. ¿Podemos decir que se ha convertido en uno de los países que lideran la investigación arqueológica en esa zona?

–No, por la sencilla razón de que tenemos un problema de financiación. Es verdad que España cuenta ahora con muchas misiones arqueológicas en Egipto, buena parte de ellas muy exitosas y capaces de contribuir a la egiptología internacional y al conocimiento del antiguo Egipto en distintos campos y épocas.

Pero España, como en tantas otras cosas, no acompaña. Somos como salmones nadando contracorriente. A veces, la imagen que se proyecta no es muy real. La realidad es que esas misiones exitosas se las pasan canutas para poder llevar a cabo la siguiente campaña.

Nosotros mismos llevamos 25 años, vamos a hacer una exposición en el Museo Arqueológico Nacional, hemos realizado tres documentales para Televisión Española y no tenemos dinero para la siguiente campaña.

La gente se sorprende cuando se lo cuentas. Parece que, con todos los éxitos, todo va viento en popa. Pero vamos viento en popa arañando dinero de aquí y de allá, luchando contracorriente.

La egiptología española se ha hecho un hueco en la comunidad internacional, pero estamos a años luz de países como Francia, Alemania, Holanda, Inglaterra, Estados Unidos o Japón. Decir lo contrario sería engañarnos.

Creo que los éxitos que hemos cosechado son un milagro con los medios que tenemos.

–Uno de los descubrimientos que más llaman la atención del proyecto Djehuty es el jardín funerario, donde han encontrado semillas de hace más de 4.000 años. Cuando está ante un hallazgo de esta magnitud, ¿piensa primero como científico en lo que tiene que estudiar o es la emoción lo que prima en ese primer momento?

–Ahí está un poco la lucha interna. La emoción y la alegría de un descubrimiento provocan un subidón de adrenalina difícilmente igualable. Pero, al mismo tiempo, te embarga una sensación casi de angustia, de responsabilidad.

El problema de la arqueología es que es una actividad destructiva. Es como si entraras en la escena de un crimen y fueras moviendo las cosas. Al hacerlo, estás destruyendo pruebas. Todo lo que no documentes bien antes de tocarlo ya no puedes recuperarlo. No puedes volver atrás.

Por eso tienes que ser muy meticuloso, documentarlo todo y pensar cada paso con mucho cuidado, porque no vas a tener una segunda oportunidad.

Cuando recoges los datos durante la excavación y después preparas un artículo científico, puede ocurrir que eches en falta alguna información. Por ejemplo, la ubicación exacta de una semilla que te habría permitido llegar a determinadas conclusiones. Si no has registrado ese dato, has perdido la oportunidad.

Hay que ser muy paciente, ir despacio y ser consciente de lo que estás haciendo. La historia te está dando una oportunidad de hacer las cosas bien y tienes que aprovecharla.

Pero tampoco hay que martirizarse. Cuando ahora leemos la documentación de nuestras primeras campañas, vemos defectos y nos preguntamos por qué no documentamos mejor algunas cosas, por qué no hicimos determinada fotografía o no recogimos algún dato. Sin embargo, también tenemos muchos otros datos. Hay que ser generoso con uno mismo y con los miembros del equipo.

Ese afán de mejorar es lo que trato de transmitirles. Podemos haber hecho las cosas bien, pero tenemos que hacerlas todavía mejor. Y también debemos aprender de otros equipos. Hay grupos alemanes o franceses que disponen de más medios y mejores equipos, y hacen algunas cosas mejor que nosotros. El científico tiene que ser humilde y tener siempre ganas de aprender.

Es verdad que durante la excavación te alegras, pero también se pasa mal. Casi se disfruta más cuando lo cuentas después. Das una conferencia, enseñas las fotografías y sientes incluso más alegría que en el momento del hallazgo, cuando no sabes si el ataúd se va a romper o si ese arbolito que todavía está en pie se va a caer.

–¿Cómo es el día a día de una campaña arqueológica?

–Yo comparo el yacimiento arqueológico con un laboratorio en el que trabajan distintas disciplinas al mismo tiempo. Podemos estar excavando una zona mientras los restauradores trabajan en la tumba de Yehuty o en una estructura de adobe, los geólogos toman datos sobre la composición del mortero y los especialistas en arqueobotánica estudian las semillas.

En ese sentido, visitar un yacimiento en plena actividad es muy bonito, porque están ocurriendo muchas cosas diferentes a la vez.

Mi papel como director de la excavación y del proyecto es parecido al de un director de orquesta: conseguir que cada uno toque bien su instrumento, pero que todos juntos hagan que la melodía suene bien.

El día a día es relativamente sencillo. Nos levantamos pronto porque en Egipto hace calor. Aunque nosotros excavamos normalmente en invierno, al final del día el sol también aprieta.

Empezamos a trabajar a las siete de la mañana y estamos con los trabajadores egipcios hasta la una, con un descanso a mitad de la jornada. Después, nosotros nos quedamos dos horas más, hasta las tres, recogiendo datos. Luego volvemos a casa para comer y por la tarde seguimos trabajando con los ordenadores.

Las campañas de excavación son relativamente cortas: duran unas seis semanas. A la gente le sorprende porque piensa que estamos excavando todo el año. Sin embargo, las excavaciones en la península ibérica suelen durar un mes. En Atapuerca, por ejemplo, la campaña dura un mes. Nosotros estamos mes y medio, así que nuestras campañas se consideran largas.

Hay que concienciar a los miembros del equipo de que son campañas cortas y tienen que ser muy intensas. Debemos trabajar mucho y llevarnos toda la información posible.

De Egipto no podemos traernos nada. Solo la información que recogemos en nuestros cuadernos, los ordenadores y las fotografías. Por eso tenemos que aprovechar muy bien el tiempo.

A veces comparo una campaña, aunque pueda resultar un poco dramático, con atravesar el Atlántico o subir el Everest. Es una actividad que exige mucha concentración e intensidad. No puedes decir que te vas a tomar el fin de semana para relajarte. Ya descansarás cuando vuelvas a España. Allí no hay tiempo para eso.

–Hace poco publicamos una noticia sobre los posibles indicios de la tumba de Nefertiti. Usted fue muy escéptico con las primeras hipótesis. ¿Estas nuevas evidencias le hacen cambiar de opinión o mantiene su escepticismo inicial?

–Mantengo mi escepticismo inicial, pero creo que hoy en día existen medios que permitirían confirmar una cosa u otra.

La tumba de Tutankamón es maravillosa y, por supuesto, no debe dañarse. Hay que protegerla. Aun así, actualmente se podría hacer un microagujero con un taladro, introducir una microcámara y comprobar si existe o no esa cámara.

Creo que lo que mueve al científico es la curiosidad. Aunque considero que no hay indicios suficientes y el planteamiento no termina de convencerme, me gustaría que se comprobara.

Expertos aseguran que existen cámaras secretas en la tumba de Tutankamón con la momia de Nefertiti

La ciencia nos enseña que las cosas poco probables no son imposibles. Yo diría que es poco probable, pero no imposible.

Hoy en día tenemos medios para comprobarlo. A lo mejor hace 60 años no los había, pero ahora sí. No hacerlo sería un error.

–¿Qué es lo que no termina de convencerle de esa hipótesis?

–Creo que las tumbas egipcias tienden a tener una planta, una estructura con cierta lógica, y tal como se plantea esta hipótesis, la tumba no parece responder a esa lógica egipcia.

Otra posibilidad sería que existiera una entrada por otro lado y que el hueco detectado tuviera un acceso diferente. Podría ser, pero lo veo complicado. No me convence del todo.

–Hay algo que se repite mucho en torno a Egipto. Cada cierto tiempo aparece el anuncio de una tumba que puede cambiar la historia. ¿Cree que la egiptología está demasiado condicionada por la necesidad de producir grandes titulares y descubrimientos?

–Sí, y eso también nos pasa a nosotros. Por desgracia, a veces parece que para sobrevivir necesitas estar en los medios de comunicación. Y, en ocasiones, ni siquiera con eso consigues sobrevivir.

Es verdad que muchas veces se buscan grandes titulares que permitan recaudar fondos y seguir investigando. Egipto tiene mucho atractivo social y mediático, así que cada cierto tiempo surgen noticias de ese tipo. Pero la investigación científica va por otro lado.

Además, el avance científico a veces se produce gracias a cosas pequeñas. Creo que nuestro gran hallazgo, por ejemplo, es el jardín funerario, porque no se habían encontrado otros jardines como ese. Su descubrimiento nos permite confirmar la existencia de jardines en la necrópolis, algo que ya intuíamos gracias a las representaciones iconográficas.

En esas imágenes aparecían jardines, pero no sabíamos hasta qué punto eran una idealización artística o respondían a una realidad. La arqueología nos ha permitido confirmar que existían jardines en la necrópolis y conocer las plantas que había en ellos. Todo eso nos ayuda a entender mejor la sociedad y la cultura egipcias, mucho más allá de los tesoros.

Incluso en el caso de Tutankamón, lo más interesante de su tumba no son los ataúdes ni la máscara de oro.

Tutankamón vivió en una época en la que Egipto mantenía relaciones con los hititas en Anatolia, con Mesopotamia, Babilonia y Siria-Palestina. Fue un periodo de intensos contactos diplomáticos internacionales, la época de Akenatón, Nefertiti y Tutankamón.

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Su tumba es maravillosa porque contiene, por ejemplo, una daga con una hoja de hierro muy singular, pero también numerosos objetos que reflejan esos contactos internacionales.

Además, nos permite conocer detalles fascinantes de la vida cotidiana. Conservamos su ropa interior, los calzoncillos de Tutankamón, los ramos y las guirnaldas de flores que le colocaron alrededor del cuello e incluso materiales que utilizó para aprender a escribir.

En aquella época se escribía sobre una especie de pequeñas pizarras escolares, como una que hemos encontrado nosotros. En la tumba de Tutankamón aparecieron varias, junto con pinceles y estuches para la tinta.

Para mí, todo eso constituye una ventana maravillosa que nos permite conocer no solo al personaje, sino también a la sociedad en la que vivió, en un momento especialmente interesante por sus contactos internacionales.

–Después de tantos años excavando, ¿qué cree que queda por descubrir en Egipto?

–Quedan muchísimas cosas por descubrir. Como decíamos al principio, lo importante es hacerse preguntas. No se trata de excavar por excavar, esperando encontrar un tesoro, sino de investigar a partir de preguntas concretas.

Después, puede que la excavación responda a esas preguntas, que no lo haga o que abra nuevos interrogantes. Pero siempre tienes que excavar por alguna razón.

En ese sentido, quedan muchísimas cosas por saber y las nuevas tecnologías nos permiten seguir avanzando en el conocimiento. Por ejemplo, gracias a los análisis de fluorescencia de rayos X (XRF) y a otras técnicas, podemos conocer la composición química de los pigmentos.

En nuestro caso, uno de los últimos grandes hallazgos es el collar de una chica de 15 años que fue enterrada con cuatro collares. Uno de ellos estaba compuesto por piedras preciosas: turquesas que probablemente procedían del Sinaí, amatistas que podrían venir del sur de Egipto, granates, jade y ocho piezas de vidrio que podrían constituir uno de los testimonios más antiguos de este material.

Hoy podemos analizar esas cuentas y determinar su composición química. A partir de ella, podemos intentar averiguar si el vidrio fue importado de Mesopotamia o producido localmente en Egipto.

Existe un debate científico muy interesante sobre dónde y cuándo se inventó el vidrio. Poco tiempo después, en época de Tutankamón, ya encontramos pequeños vasos de ungüentos hechos de un vidrio azul muy bonito, con vetas amarillas y de otros colores. En ese periodo, el vidrio era relativamente común, pero 300 años antes no lo era.

Por eso resulta interesante averiguar si aquellas piezas procedían de Mesopotamia o de Egipto. Es una cuestión que forma parte de la historia de la tecnología y que, al mismo tiempo, refleja los contactos comerciales internacionales.

Ahora hemos confirmado que es vidrio. El siguiente paso es tratar de determinar, a partir de los análisis, si se fabricó en Egipto o si fue importado.

–Si pudiera elegir un solo lugar para excavar, sin ninguna limitación, y tuviera la certeza de que allí encontraría una gran respuesta, ¿cuál escogería?

–Es una buena pregunta. No sé si voy a ser del todo honesto, pero, si pudiera elegir un sitio para excavar, no excavaría en Egipto. Excavaría en Eritrea. Buscaría Punt.

La reina Hatshepsut mandó una expedición comercial al Cuerno de África, de donde los egipcios obtenían oro, incienso, mirra, pieles de pantera y rabos de jirafa. Pero, sobre todo, oro, incienso y mirra.

Sabemos que Punt estaba relacionado con la región del mar Rojo, en la zona de Eritrea, Yibuti o incluso Yemen. Creo que allí existió una cultura con la que Egipto mantuvo relaciones y que todavía está por descubrir. Sería muy interesante investigarla.

Supuestamente, también es de esa región de donde procede la reina de Saba.

Tuve la suerte de viajar a Etiopía cuando todavía se podía visitar el norte del país. Hay un yacimiento que se llama Aksum, donde puedes ver las estelas. Son grandes campos de cultivo, con vacas pastando y monolitos de piedra que sobresalen de la tierra.

Allí encuentras incienso y mirra. Vas a la plaza del pueblo y puedes comprar sacos de ambos productos. Realmente tienes la sensación de estar palpando la tierra de Punt.

Sería fascinante excavar allí, hacer prospecciones e intentar descubrir dónde estuvo el enviado de Hatshepsut y dónde comerció con los jefes de Punt.



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