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Los ministerios de Defensa y los gabinetes de gobierno europeos están redactando discretamente planes de contingencia ante una catástrofe que tiene su origen en la física del océano y no en la geopolítica. Según la información publicada en Politico y The Telegraph, los analistas de riesgos estatales del norte de Europa han empezado a considerar la posible alteración de la circulación atlántica como una amenaza real a la seguridad nacional y no como una simple predicción climática teórica.
El detonante de esta inquietud política es una masa de agua fría anómala y persistente al sur de Groenlandia, indicio de que el transporte de calor del océano hacia el norte se está estancando. El doctor Stefan Rahmstorf —codirector del Departamento de Investigación del Análisis del Sistema Terrestre en el Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto Climático— admite que, aunque durante mucho tiempo consideró el colapso de la circulación de retorno como un riesgo extremo pero muy lejano, las observaciones recientes le han convencido de que el peligro está mucho más cerca de lo que se creía.
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Las repercusiones para la sociedad pueden ser devastadoras y de ahí la alarma creciente en círculos políticos. Europa occidental debe su clima templado a la circulación meridional de retorno del Atlántico —AMOC, por sus siglas en inglés— un descomunal circuito de aguas profundas que traslada el calor desde los trópicos hacia las aguas polares, transfiriendo energía térmica a la atmósfera y manteniendo el continente a temperaturas extraordinariamente más altas que las de otras regiones situadas en su misma latitud. Si esta corriente falla, las temperaturas medias del invierno en el Reino Unido, Escandinavia y el noroeste de la Europa continental podrían desplomarse entre 10 °C y 15 °C, lo que impondría condiciones climáticas comparables a las de las costas subpolares del este de Norteamérica.
Una caída térmica de tal calibre diezmaría los rendimientos de los cultivos básicos, inutilizaría las redes de distribución de energía y alteraría los patrones de borrascas. Por eso, según la Unión Europea, la estabilidad de las corrientes atlánticas debe incorporarse formalmente a las principales políticas de seguridad nacional de Europa.
Qué está pasando
Algunos científicos sostenían que los vientos de superficie o la nubosidad se limitaban a enfriar la superficie marina, pero el equipo de Rahmstorf analizó 70 años de registros de temperatura del océano hasta el lecho marino y descubrió que la transferencia de calor desde la superficie del mar hacia el aire en realidad ha disminuido. Tal como concluyeron el doctor Rahmstorf y sus colaboradores en la investigación: "Nuestro análisis respalda la interpretación de la 'mancha fría' observada como un signo del debilitamiento de la AMOC, que constituye un componente fundamental del transporte lateral de calor hacia esa región del giro subpolar".
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El mecanismo fundamental que ahoga este motor térmico radica en la relación entre el peso, la sal y la temperatura del agua. En condiciones naturales, el agua tropical cálida y salada avanza hacia el norte, cede su calor a la atmósfera europea, se enfría, se vuelve más densa y se hunde miles de metros hacia el fondo marino. Este colosal descenso vertical actúa como un sumidero planetario que atrae de forma continua más agua cálida tras de sí. En la actualidad, sin embargo, el deshielo de Groenlandia y el aumento de las lluvias en el Ártico están vertiendo masas colosales de agua dulce en la superficie del océano. Dado que el agua dulce pesa menos que el agua salada, permanece flotando en la superficie como una mancha de aceite: no se hunde y frena el descenso de las aguas hacia el fondo que hace funcionar todo el circuito.
Además, las investigaciones oceanográficas actuales demuestran que esta corriente no se ralentiza de forma progresiva como un coche que va frenando poco a poco, sino que responde a puntos de inflexión. El océano funciona con un mecanismo de todo o nada: puede absorber la llegada constante de agua dulce hasta un límite crítico, pero, una vez superado ese umbral, la falta de sal desencadena un círculo vicioso que acelera el frenazo hasta detener la corriente por completo. En un estudio publicado en Science Advances, los doctores René M. van Westen, Michael Kliphuis y Henk A. Dijkstra —que ya publicaron un artículo sobre este tema en estas páginas— desarrollaron una señal de alerta temprana midiendo la entrada de agua dulce en el Atlántico sur. Al monitorizar este equilibrio en modelos informáticos de alta resolución, los investigadores demostraron que el océano se encamina de forma activa hacia una parada total. Como concluyó el doctor René M. van Westen —oceanógrafo de la Universidad de Utrecht— sobre la trayectoria actual: "La AMOC se dirige hacia el punto de inflexión".
Puede llegar antes de lo esperado
Los gobiernos europeos están especialmente alarmados porque los motores regionales de este sistema podrían fallar décadas antes de que la gran corriente del Atlántico se detenga del todo. En un estudio publicado en Earth System Dynamics, los doctores Swinda Falkena, Henk A. Dijkstra y Anna von der Heydt analizaron el giro subpolar, un gigantesco remolino que gira al sur de Islandia y distribuye el calor directamente hacia el litoral europeo. Sus modelos revelaron que el hundimiento del agua en el interior de este remolino puede detenerse en seco mientras el resto de la corriente atlántica sigue circulando. En palabras de la doctora Falkena, investigadora de la Universidad de Utrecht: "El giro subpolar corre el riesgo de cruzar un punto de inflexión con el cambio climático futuro, asociado al colapso de la convección profunda", un fallo localizado que, según advierten los expertos, podría desatar un frío extremo en Europa en un plazo de apenas veinte años.
Los análisis estadísticos de las temperaturas en la superficie marina respaldan este horizonte temporal tan inmediato. En una investigación publicada en Nature Communications, Peter Ditlevsen y Susanne Ditlevsen evaluaron la inestabilidad y la pérdida de capacidad de recuperación en las aguas del Atlántico norte, calculando que la ventana para el colapso podría abrirse entre 2025 y 2095, con una estimación central hacia mediados de siglo si se mantiene la trayectoria actual de emisiones de efecto invernadero. Aunque el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) consideraba históricamente que un colapso en el siglo XXI era un escenario de baja probabilidad con un grado de confianza medio, la combinación de los datos de la mancha fría y las nuevas señales de alerta ha echado por tierra esa previsión inicial.
A medida que se aclaran los mecanismos físicos, el debate ha dejado de ser una disputa académica para convertirse en una pugna presupuestaria estatal y en un problema de protección civil a largo plazo. Oceanógrafos como el doctor Sjoerd Groeskamp, del Real Instituto Neerlandés para la Investigación Marina, instan a la Unión Europea a constituir lo que denominan un "CERN del océano" —una red de observación permanente financiada internacionalmente— antes de que las estaciones de medición actuales, sostenidas con subvenciones temporales, se queden sin fondos en torno a 2028. Al mismo tiempo, los responsables de infraestructuras en el norte de Europa ya están adaptando la normativa técnica ante episodios de frío extremo, lo que demuestra que los dirigentes continentales se toman por fin en serio la posibilidad de un colapso térmico repentino.

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