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Plentzia es la perfecta paradoja del litoral vizcaíno: una villa marinera fundada en el siglo XIII que apenas supera los 4.300 habitantes censados y, sin embargo, ha conseguido convertirse en la parada obligatoria de cualquier viaje a Bilbao.
Situada en la comarca de Uribe Kosta, en la margen derecha de la costa vizcaína y emplazada en la desembocadura de la ría del Butrón justo antes de la salida al Cantábrico, se encuentra a unos 25 kilómetros al norte de Bilbao, conectada directamente como la cabecera, es decir, la última estación, de la Línea 1 del Metro de Bilbao.

El origen de una villa ballenera
La villa fue fundada en 1299 por el llamado Señor de Bizkaia, sobre un antiguo asentamiento marinero conocido como Gaminiz, y no tardó en consolidarse como puerto estratégico en la desembocadura del río.

Unido al Cantábrico a toda costa, durante los siglos XIV al XVI pasó a ser centro neurálgico de la caza de la ballena franca vasca y se dice que los vigías divisaban los soplos de los cetáceos desde atalayas en los acantilados de Barrika y San Antonio, desde donde avisaban a los pescadores para que estos se hiciesen al mar, armados únicamente con arpones. Lo más preciado del animal era su grasa -saín-, procesada en la villa y utilizada en toda Europa en el alumbrado; sus huesos, por el contrario, eran diamantes en bruto: se utilizaban para crear herramientas y estructuras.
Una joya del turismo
Plentzia reúne una combinación geográfica, logística y socioeconómica única en todo el litoral vasco que, sumada la única playa de la zona metropolitana de Bilbao conectada directamente por metro, la convierte en el destino perfecto de más de 200.000 turistas al año.
Con la disminución de cetáceos en el Cantábrico, sus marineros migraron hacia la pesca de altura en Terranova e Islandia, transformando la villa en cuna de capitanes y pilotos de la marina mercante.
Hoy la Villa de Fuero Real, bajo título, está reconocida como Destino de Excelencia Turística de la Costa Vasca, por la preservación de su entorno natural, la ría del Butrón y la playa de aguas tranquilas protegida por la bahía.

Plentzia, paradas indispensables
La visita a la villa pesquera inicia en el paso del Arco de Santiago, una estructura gótico-militar que conforma el único vestigio visible de las murallas que rodeaban el pueblo. Al otro lado, el casco histórico, declarado Conjunto Histórico Artístico, se extiende en un trazado medieval de cuadrícula que se mantiene desde 1299 con sus tres calles paralelas: Barrenkale, Artekale y Kaikale. Por este arco accedían los marineros que desembarcaban en el puerto, pero también los caminantes que seguían la ruta costera del Camino de Santiago.
Según se atraviesa el arco espera la siguiente parada, la Iglesia de San Pedro Apóstol. Declarada Bien de Interés Cultural, responde al siglo XIV, con una mezcla de gótico vasco con fortificaciones renacentistas y remates neoclásicos. Unión de la vida privada y social, la torre servía no solo a las funciones religiosas, sino también como vigía marítima y fortaleza defensiva.
A pocos pasos de la plaza de la iglesia, adentrándote por las calles empedradas, se halla la casa-torre Torre Barri, del siglo XV y gótico tardío, una fortaleza defensiva que custodiaba el acceso desde la ría y el interior del casco urbano. Un poco más adelante se encuentra el antiguo Ayuntamiento, hoy Museo Plasentia Butrón, también Bien de Interés Cultural.

Se trata del edificio civil más emblemático del municipio, construido en 1562 en estilo renacentista civil vasco. Además de ser el edificio más antiguo de la villa, fue casa consistorial y sede del juzgado. Actualmente, es un museo dedicado a la memoria marítima de Plentzia.
Innovación y enoturismo
Saliendo del casco viejo hacia el paseo marítimo y el puerto de la ría, el itinerario concluye hacia la bahía de Plentzia, donde opera Bodega Crusoe Treasure Experiences. Inaugurada en 2010 y pionera a nivel mundial, es la primera bodega de atesoramiento submarino y arrecife artificial del mundo, ubicada en la bahía de Plentzia a 20 metros de profundidad.
El vino madura dentro de botellas selladas sometidas a la presión, las olas y las mareas del Cantábrico, mientras que el arrecife envuelve la bodega, convertido ahora en el hogar de más de 1.500 especies marinas.
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