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Lejos de todo, en las profundidades más indómitas de la selva de Papúa Nueva Guinea, un grupo de chicos jóvenes se dispone a tumbarse sobre el suelo de una casa levantada con madera y hojas. Sus tíos maternos les sujetan firmemente los brazos para inmovilizarlos mientras suenan atronadores tambores y cánticos nublados por el humo de hogueras purificadoras. Están a punto de ser marcados para siempre con cortes en espalda, hombros y pecho que reproducirán el aspecto de las escamas de un cocodrilo. En ese momento se completará su transformación a hombres.
A escasos metros aguarda el Sepik, un río indomable que serpentea durante más de mil kilómetros por el norte del país melanesio, abriéndose paso imponente entre selvas salpicadas por lagunas y comunidades que viven aferradas al pasado. Varios niños chapotean en sus aguas de color chocolate ajenos a los numerosos depredadores que habitan en ellas. Algunas mujeres navegan en canoas de madera para hacerse con la pesca del día. La corriente fluvial aquí lo es todo, ejerciendo como despensa, parque de juegos, arteria única y calendario, marcando las estaciones con sus crecidas y sequías. Pero además, el Sepik respira misticismo, una sorprendente energía espiritual encarnada en sus cocodrilos. La mitología local explica que un colosal reptil prehistórico emergió del río y, al sacudirse, dio forma al terreno que lo rodea. Antes de volver al lodo, se transformó en el primer hombre.
Para los pueblos que habitan junto al río, el ritual que están a punto de practicar es un paso a la adultez masculina mediante la escarificación de la piel. El reptil representa a sus antepasados, y con ellos, el poder y la fuerza. La iniciación a una segunda creación como cocodrilo tras, simbólicamente, haber sido comido por él, hará que estos nuevos hombres queden vinculados a sus ancestros y a sus obligaciones dentro del clan.

Las incisiones, realizadas históricamente con cañas de bambú afiladas y, en la actualidad, con hojas de afeitar; siguen patrones geométricos. Las heridas reciben tratamientos especiales mediante arcilla, cenizas y plantas con grandes propiedades antibióticas para ayudar a cicatrizar y que, a la hora de hacerlo, la superficie de la piel quede rugosa y elevada. El dolor extremo que soportan es parte de la prueba, una demostración de autocontrol y fortaleza para proteger a su clan, dejando atrás la piel inocente de un niño para armarse con la de un reptil.
La Casa de los Espíritus
La ceremonia tiene lugar en una Haus Tambaran, los edificios ceremoniales que gobiernan las aldeas del Sepik. Sobrias, oscuras y con cierto poder emanando de ellas, están decoradas con esculturas y máscaras de animales.

En las “Casas de los Espíritus” tan solo pueden entrar los hombres para que la energía de las mujeres no debilite su espiritualidad, aunque, durante mi expedición por diversos poblados, los líderes de la comunidad me permiten el acceso. Entre los recovecos de las paredes, se cuelan ojos de niños curiosos ante mi presencia. Paseo observando los detalles intrincados de sus paredes mientras el jefe me cuenta que, tiempo antes de la escarificación, los iniciados han de pasar un periodo aquí. Aislados de la vida cotidiana, reciben enseñanzas de los mayores sobre mitos ancestrales del clan y las responsabilidades que deberán asumir, como por ejemplo la caza.
El valor de estas cicatrices es tal en el país que estos hombres son extremadamente cotizados en agencias de seguridad o en el ejército, por lo que muchos deciden emigrar a la capital, Port Moresby, en busca de otro futuro.

Junto a la orilla del Karawari, afluente del Sepik, una chica me muestra cómo transforma el interior de un tronco en el alimento básico de estas comunidades, el sagú. Existe el tabú de que si una mujer escucha el sonido de las flautas que tocan los ancianos durante los días de reclusión de los jóvenes, caerá la desgracia sobre las cosechas de sagú.
La geografía de Papúa Nueva Guinea es tan abrupta que no existen carreteras que lleguen a esta zona remota, siendo las avionetas y los barcos los medios para acceder. Existen algunos aeródromos sumamente rudimentarios abiertos en mitad de la selva, pero para alcanzar este territorio de selvas impenetrables y montañas escarpadas es indispensable confiar la expedición a Transniugini, agencia pionera y con mayor trayectoria del país. Su impecable despliegue logístico incluye alojamientos sencillos que mantienen la autenticidad del entorno, como Karawari Lodge. Sus cabañas, abiertas completamente a la selva, imitan las viviendas tradicionales del país. El broche de oro perfecto para procesar la carga emocional de adentrarse en estas comunidades.
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