lunes, 27 de abril de 2026

Canal Viajar : Sri Lanka, los esenciales de la isla de los mil paisajes

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Del Índico a las Tierras Altas, un recorrido por la sorprendente diversidad natural y cultural de Sri Lanka.

Diversa, espiritual y rodeada de una naturaleza indomable y salvaje, la antigua Ceilán, conocida como la ‘Perla del Índico por su forma de lágrima, es uno de los destinos menos conocidos y más sorprendentes de Asia. De ella se enamoraron conquistadores y colonizadores portugueses, holandeses y británicos, que dejaron en sus ciudades huellas imborrables, parte del motivo, además de su posición estratégica y su riqueza natural –especias, gemas, té y caucho–, fue su belleza de paisajes incomparables. Al recorrerla aparecen playas de arena dorada, selvas tropicales rebosantes de vida, montañas cubiertas de plantaciones de té, arrozales y ciudades sagradas que respiran espiritualidad a cada paso. Del océano Índico al corazón de las Tierras Altas, viajar por la isla es una sucesión constante de contrastes; y es que su mayor secreto es, cómo un país tan pequeño puede guardar en su interior una diversidad tan extraordinaria.

Su puerta de entrada más habitual es a través de su capital, Colombo; una ciudad, moderna y caótica a partes iguales, donde los rascacielos conviven con templos budistas centenarios, edificios coloniales, mercados tradicionales y cafés vanguardistas. Es auténtica, ruidosa y espiritual, pero también húmeda, tropical y amable, una mezcla única que se convierte en el aperitivo perfecto para seguir recorriendo el país. Hay que hacer parada obligatoria en el barrio de Pettah, su corazón más auténtico, un laberinto de calles estrechas en donde aparece su bellísima Mezquita Roja; también se debe pasar por Fort, el corazón histórico y financiero plagado de arquitectura colonial; y Galle Face Green, su paseo marítimo y lugar de recreo donde mayores y pequeños vuelan cometas al atardecer y disfrutan del final del día. Esta zona también es el lugar perfecto para alojarse, en el Galle Face Hotel, un emblemático hotel de la capital –considerado el más antiguo del país– construido en 1864 sobre la que fuera una villa holandesa que se ha mantenido como ícono colonial y punto de encuentro de la historia, la realeza y la nobleza, preservando su esplendor durante más 160 años.

Viaje al pasado

Desde la capital, el camino hacia el corazón de la isla conduce al llamado ‘Triángulo Cultural’, donde se concentran algunos de los tesoros históricos más importantes del país. Entre ellos destaca en la llanura central Sigiriya, un gigantesco yacimiento arqueológico ubicado sobre una roca de granito que se eleva a 200 metros de altura. Declarada Patrimonio de la Humanidad, alberga las ruinas del palacio real y fortaleza del siglo V del rey Kassapa con uno de los jardines geométricos más antiguos del mundo, con sistemas hidráulicos y paredes decoradas con frescos que representan a las doncellas de Sigiriya. En los alrededores de la ciudad, se encuentra el hotel Jetwing Vil Uyanaun proyecto pionero en eco-lujo donde a través de la creación de humedales y arrozales han conseguido recuperar la flora y fauna local, convirtiendo este espacio en un santuario de loris –un animal oriundo de la zona que han recuperado de la extinción– y el alojamiento en un lugar pensado para la desconexión del viajero y si conexión con la naturaleza local.

En la misma meseta central, rodeada de selva y pueblos agrícolas, aparecen dos sitios históricos –también protegidos para su preservación por la UNESCO– que ayudan a los visitantes a entender la historia sagrada de esta isla: Anuradhapura, la que fuera la primera capital del país, famosa por sus gigantescas estupas y monasterios, y Polonnaruwa, su segunda capital, conocida por sus ruinas bien conservadas, sus templos y esculturas budistas esculpidas en la roca. Dos visitas indispensables que invitan a los viajeros a sumergirse en el pasado de Sri Lanka y a comprender sus raíces.

Entre los yacimientos de Anuradhapura y Polonnaruwa, exactamente a medio camino, se encuentra otro de los lugares más especiales de la isla, el Parque Nacional de Minneriya, famoso por albergar la mayor concentración de elefantes asiáticos del mundo. Este santuario natural, formado por sabana, praderas y un enorme embalse artificial construido hace más de mil años, se convierte en escenario de uno de los espectáculos naturales más impresionantes de Asia. Durante los meses de verano, cuando el nivel del agua desciende, cientos de elefantes salvajes —a veces más de trescientos— acuden a los alrededores del lago en busca de alimento y agua. Allí se familias enteras se reúnen al atardecer, entre crías que juegan y adultos que avanzan lentamente entre la hierba, ofreciendo una de las estampas más icónicas de Sri Lanka de su vida salvaje en libertad.

Entre la niebla y el té

Más al sur, rodeada de colinas cubiertas de vegetación y presidida por un lago artificial, aparece el epicentro de las montañas de Sri Lanka, Kandy, la última capital de los antiguos reinos cingaleses y uno de los centros espirituales más importantes del budismo. El motivo es que allí se encuentra el Templo de la Reliquia del Diente de Buda que, según la tradición, guarda uno de los vestigios más sagrados del mundo budista. En su interior tienen lugar a diario ceremonias abiertas al público que se acompañan por tambores y ofrendas florales que permiten a los viajeros comprender la dimensión espiritual del país y la importancia que esta ciudad tiene como núcleo religioso. Pero desde aquí también se inicia el viaje en ascenso hacia las montañas centrales, uno de los lugares más icónicos de la isla en uno de los viajes considerados más bellos del mundo: el trayecto en tren entre Kandy y Nuwara Eliya. Durante este recorrido, que dura algunas horas, el convoy serpentea entre túneles, cascadas y laderas cubiertas de té de donde se recolectan a mano cada una de las hojas de la bebida más famosa del país, el té de Ceilán, el más consumido del mundo. La parada final es la ciudad de Nuwara Eliya, situada a casi 1.900 metros de altitud. Su clima, húmedo, frío y nebuloso, rodeado de montañas plagadas de vegetación además de su estética europea, son los factores que más sorprenden al llegar. Y es que esta ciudad plagada de casas coloniales, jardines de rosas y hoteles antiguos fue en la época británica refugio de las élites del calor tropical. Una vez aquí, merece una parada alguna de sus preciosas fábricas de té en las que se explica el proceso completo de su elaboración, desde la recogida, secado y fermentación de la hoja hasta que llega a la taza.

Aire salvaje y natural

Cuando se habla de Sri Lanka es imposible no llevar la mente a su sabana, plagada de animales salvajes, lagunas y llanuras abiertas donde la naturaleza se rige a su son. Uno de sus lugares más representativos, ubicado al sureste del país, es el Parque Nacional de Yala, conocido por albergar una de las mayores densidades de leopardos del mundo, pero también manadas de elefantes, cocodrilos y bandadas de aves por doquier. Sin embargo, el safari en Yala no es solo una búsqueda de fauna, sino una inmersión sensorial en su lado más indómito y silvestre donde el viajero tan solo se convierte en un observador externo temporal.

Un cambio radical de atmósfera es la que se encuentra en su costa sur, con la preciosa ciudad de Galle como bandera. Rodeada de una naturaleza exuberante, tropical y frondosa, este lugar fue clave para los colonizadores por ser un epicentro comercial esencial en pleno Océano Índico. Su fuerte holandés del siglo XVII, declarado Patrimonio de la Humanidad, encierra uno de los conjuntos coloniales mejor conservados de Asia, pero intramuros el tiempo parece haberse congelado: calles empedradas, casas coloniales reconvertidas en hoteles boutique como el Galle Fort Hotel –una antigua casa particular datada del siglo XVII y construida durante periodo colonial holandés que en su comienzo funcionó como mansión mercantil, almacén y residencia de comerciantes de gemas –, modernos cafés y pequeñas galerías conforman el ambiente que hora tiene histórica ciudad en la que dejaron su seña de identidad, especialmente en su arquitectura, portugueses, holandeses y británicos. Además de pasear y recorrer cada una de sus calles, y su fuerte, desde Galle se llega fácilmente a playas como Unawatuna, Mirissa o Weligama, donde el surf, el avistamiento de ballenas, el desove de tortugas y el descanso junto al mar completan un viaje único a un país que combina patrimonio milenario, playas tropicales, plantaciones de té, espiritualidad y vida salvaje sin recorrer grandes distancias. Todo ello, de la mano de la hospitalidad de su gente y una riqueza gastronómica única basada en especias, arroz y coco.


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