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Todos esos paisajes en los alrededores de Madrid muchas veces quedan eclipsados por su cercanía a la capital, cuando no debería ser así. Y esto no es nada nuevo. Ya en la década de 1940 había algunos rincones más olvidados que otros, y el escritor Camilo José Cela identificó uno de ellos: la Alcarria de Guadalajara. Esta comarca fue el escenario de uno de los libros de viajes españoles más reconocidos de todos los tiempos, Viaje a la Alcarria.
Sobre ella escribió páginas y páginas donde la ficción estaba perfectamente cuadrada con la realidad, pero una de las frases que más han trascendido por lo bien que representan el lugar es que "la Alcarria es un hermoso país al que a la gente no le da la gana de ir". Y sigue siendo cierta, puesto que, en demasiadas ocasiones, lo que no está de paso hacia un lugar turístico o conocido, parece no existir. La Alcarria, por suerte o por desgracia, es uno de esos sitios.

Castillos, cascadas y calles medievales
El viaje de Cela comenzó en Madrid, desde donde, por carretera, se tarda en torno a una hora para llegar al primer punto de la comarca, que es la capital. Partiendo de ahí, los pueblos se suceden entre el río Henares, el Tajuña y el Tajo, dejando a los lados los embalses de Entrepeñas y Buendía. El primer pueblo es Taracena, aunque quizá sea mucho más llamativo Torija por su impresionante castillo donde se encuentra el primer museo dedicado a un libro, al de Cela.

Después aparece Brihuega, el más conocido de todos los de la zona por su famoso Festival de la Lavanda. Sin embargo, ese no es, ni de lejos, su mayor atractivo. Un paseo por sus calles medievales y su casco antiguo, pasando por la antigua Real Fábrica de Paños o el convento de San José, lo demuestran. Masegoso de Tajuña, Moranchel, Cifuentes y Gárgoles son los que están después, destacando el castillo del siglo XIV de Cifuentes.

Justo después está Trillo, desde donde empiezan a verse las llamadas Tetas de Viana -unas montañas que tienen forma de senos- que tanto sorprendieron a Cela y que hoy rivalizan con las torres de la central nuclear. Pero Trillo es más famoso por las cascadas que caen bajo las viviendas y entre las calles del pueblo. Viana, La Puerta, Chillarón del Rey, Durón, Budia y El Olivar son los siguientes, todos menos Budia bastante por debajo de los 200 habitantes.

Entre dos embalses
A partir de este punto crece Entrepeñas, que encuentra su máximo esplendor entre Pareja, Casasana, Córcoles y Sacedón, sobre todo en este último, dejando al lado opuesto Buendía. De estos pueblos, cabe destacar la similitud de sus entramados, dejando aparte a Sacedón, que es uno de los municipios más grandes con más de 1.600 habitantes. A continuación, Tendilla, donde los soportales protegen tiendas y tabernas de las de toda la vida.

Los dos últimos destinos del viaje de Cela son los que más le impresionaron y, quizá, los puntos más bonitos de la Alcarria guadalajareña. El primero es Pastrana, el hogar, o más bien la cárcel, de la princesa de Éboli, que pasó encerrada en el Palacio Ducal de la plaza de la Hora sus últimos años de vida por haber sido falsamente acusada de traición y conspiración contra la Corona. Más allá de eso, de este pueblo destaca la colección de tapices flamencos.

Y el segundo y último, Zorita de los Canes, un pequeño pueblo de poco más de 70 habitantes cuyo rincón más preciado es el castillo homónimo. En lo alto del cerro, en la margen izquierda del Tajo, se alza esta fortaleza que comenzó a construir Mohamed I en el siglo IX. Las vistas desde allí sobre el valle del río y Zorita de los Canes es el colofón perfecto para la escapada que a nadie le da la gana de hacer y que todo el mundo debería, como diría Camilo José Cela.
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